Remo Erdosain
Por Remo Erdosain
Remo Erdosain
El bar está como siempre: la barra y detrás las estanterías con botellas y copas, las mesas distribuidas a lo largo del salón, los ventanales que dan a la peatonal, Quito atendiendo como siempre con la bandeja en la mano y sus aires recelosos, y el olor a café y medialunas calentitas confundidas con el aroma a comida y cerveza de la noche anterior. —Dicen que el gobierno de la provincia y los intendentes están preocupados por la inseguridad -comenta Abel. —Era hora que registren lo que le pasa a la gente. Si los peronistas fuéramos gobierno y pasara lo que está pasando en la ciudad o en la provincia, ya nos hubieran linchado -dice José. —No tomés agua que no es para tanto -contesta Abel-, los problemas de inseguridad existen como en cualquier parte, pero todos tenemos la certeza de que no estamos gobernados por malandras y que se hacen cosas, cosas importantes como la adecuación del sistema legal a las nuevas necesidades sociales o la creación de la policía judicial y comunitaria. —No sé si eso alcanza, sobre todo cuando nos enteramos de los avances del narcotráfico -puntualiza Marcial. —Lo que me llama la atención es cómo es posible que en una ciudad gobernada por los socialistas hace más de veinte años, el narcotráfico haya crecido como creció -subraya José. —Rosario es una ciudad difícil y todo se hace más difícil cuando la Justicia Federal no ayuda a la hora de combatir el delito. José mueve la cabeza como dando a entender que los argumentos no lo convencen, pero el que ahora toma la palabra soy yo: —Creo que los gobiernos hacen lo que pueden, y lo hacen mejor o peor, pero ningún gobierno, ni siquiera el mejor del mundo puede hacer nada si la sociedad no lo acompaña o si los comportamientos de la gente son cada vez más salvajes. —No entiendo adónde querés llegar -se inquieta José. —Te doy dos ejemplos: en Buenos Aires los piqueteros molieron a golpes a un muchacho que quiso pasar con su moto y lo arrojaron del puente; lo golpearon sin piedad, delante de su novia embarazada y, como frutilla del postre, le robaron. —Los dirigentes pidieron disculpas -observa José. —No alcanza, no alcanza -digo- porque lo que importa evaluar en este caso es el salvajismo del comportamiento, la espontaneidad -si se me permite la palabra-, con que actúan. Resulta que toman la calle por su cuenta, paralizan el tránsito en un autopista, y la policía o la fuerza pública no interviene porque supuestamente hay que respetar sus derechos, mientras ellos no vacilan en moler a golpes a una persona porque no hace lo que ellos ordenan. —Así son las cosas, cuando el Estado de derecho no existe o nadie le lleva el apunte -reflexiona Abel. —Ya los veo venir -exclama José-, piden represión y que la gente no proteste. —Te recuerdo -responde Marcial- que la represión es uno de los atributos básicos de un Estado, de un Estado de derecho. Ningún país, entendelo bien, ningún país civilizado puede funcionar si cada sector hace lo que se le da la gana. —No se trata de hacer lo que se nos da la gana, se trata de reclamar derechos justos. —Se reclama en el marco de la ley, sin tomar de rehén a la gente que no tiene nada que ver. —Y no hablemos de los piquetes -acota Abel-, hablemos de los paros. —¿De los paros de quién? -pregunta José. —De los maestros, por ejemplo. En la provincia de Buenos Aires, hace siete días que no dan clases, siete días perdidos para los chicos y a nadie se le mueve un pelo. —El gobierno está preocupado. —Está preocupado por su imagen, no porque los chicos se queden sin clases -acusa Abel. —Creo -digo- que así como van las cosas, en materia de educación pública estamos en el horno. Y los que están en el sector más caliente del horno son los pibes pobres. —La crisis educativa existe -admite José-, pero no se le puede echar la culpa a los maestros. —No son los únicos culpables -asiente Marcial-, pero son responsables; responsables de haber hecho de la huelga un acto de gimnasia. Los maestros paran por lo que sea, porque los salarios no alcanzan, porque hace calor, porque hace frío, porque es el aniversario de Matusalén, por solidaridad con los caracoles en Madagascar. Unos paran porque creen que están haciendo una revolución social, otros paran participar de las roscas gremiales, y están los que paran porque les viene como anillo al dedo no ir a trabajar y seguir cobrando. —En el camino -agrega Abel-, la escuela pública se cae a pedazos. Los padres de la clase media mandan a los hijos al sector privado donde no hay ausentismo, paros, ni canchereadas laborales. —En realidad -enfatiza Marcial- el comportamiento de los padres es racional. Quiero que mi hijo estudie y lo mando al lugar donde garantizan este objetivo. —Y pensar que cuando era pibe -recuerdo- mis viejos se enorgullecían de la escuela pública y gratuita que era de una calidad muy superior a la privada. —Eso ocurrió en un pasado cada vez más remoto. Hoy no sólo no hay clases, sino que la calidad docente ha perdido nivel y nadie hace nada para que esto cambie, empezando por los maestros, que llegaron al colmo de parar porque se les exigía capacitarse. —Maestros que hacen huelga porque no quieren capacitarse. Sólo en estas pampas -reflexiona Marcial- puede concebirse un paro en contra de la capacitación. —De todos modos -apunta Abel- convengamos que en Santa Fe las cosas se resolvieron bien. —Más o menos -digo- porque no pararon por un aumento, pero pararon en solidaridad, o sea que siempre se las arreglan para parar. —Lo peor es que esto no tiene arreglo y no tiene arreglo porque en el fondo a nadie le importa la educación popular. Cada uno de los protagonistas de estos conflictos sabe que en realidad perder uno, diez o veinte días de clases no cambia anda. —Todo esto se arreglaría con un mínimo de autoridad política -exclama Marcial. —¿Autoridad o autoritarismo? -pregunta José. —Entiendo que a un peronista le cueste establecer la diferencia entre autoridad y autoritarismo, pero para los demócratas no es tan difícil. Como te decía antes, no hay Estado de derecho sin ejercicio de la autoridad; no hay progreso si primero no hay orden; no hay sociedad si antes no hay un Estado que funcione. Este país va a andar bien cuando el gobierno sancione a los piquetes o cuando se decida a descontar los días no trabajados. Mientras esto no ocurra, el país será un “viva la Pepa” y día a día nos iremos hundiendo en la decadencia. —No comparto -responde José.




