Por Néstor Vittori

Por Néstor Vittori
Reconozco que como periodista me encuentro en una etapa muy teórica, casi como ensayista, en el análisis de la perspectiva que vive la Argentina hacia adentro, y sus condicionamientos por parte de la realidad global, en particular la difícil situación de occidente, en una transición, que resiste la evolución ascendente del mundo asiático en la primacía económica mundial.
Si todos los avances de la tecnología implican un desplazamiento del trabajo humano asalariado, sustituido por la automatización, la robótica, la inteligencia artificial, el “internet de las cosas”, el futuro, contradiciendo con ello la profecía histórica, así como nos presenta una cuarta etapa de la revolución industrial nos obliga a pensar, discutir e instrumentalizar nuevos marcos institucionales, que representen una vuelta de tuerca del nuevo capitalismo hacia una humanización como la que significó en la segunda mitad del siglo XIX y gran parte del siglo XX, el desarrollo de la legislación laboral, el sindicalismo, y en general los sistemas que configuraron el “Estado de Bienestar”, que propendieron a mejorar las condiciones de trabajo, la salud, la protección de la vejez y la redistribución del ingreso.
Los fenómenos de concentración de riqueza sobre una base tecnológica y la expulsión de asalariados, estarían recreando la situación sociológica descrita por Marx en El Capital, donde la concentración y competencia del capitalismo lo acerca a su destrucción, y la miseria de una clase trabajadora sin trabajo los empuja hacia la revolución social.
Del mismo modo que ocurrió en aquel pasado, hoy es menester pensar instituciones que contengan ambos extremos hipotéticos, y permitan generar una nueva etapa en la que se pueda compatibilizar la permanencia de la masa desocupada dentro del consumo, condición indispensable para evitar la desestructuración del sistema productivo que se nutre de ese consumo.
Cabe señalar aquí que el desafío mayor es hacer comprender a la cultura burguesa y a la clase media que es necesario sostener desde lo ideológico y lo político lo que se ha dado en llamar la “filosofía del sujeto”, conquista ésta de la modernidad, a partir del reconocimiento del individuo, del valor de la intersubjetividad como escenario del encuentro de la racionalidad humana y la búsqueda de consensos en un contexto de libertad individual, y de la creatividad en esa condición como avance de la humanidad en términos de condiciones de vida, de evolución y de progreso.
El gran desafío está representado por las condiciones de inestabilidad propias de la transición hacia una nueva etapa, y la fuerte militancia ideológica y política, que intenta decontruir el rol individual del hombre en sociedad y avanzar sobre la estratégica propiedad privada de los medios de producción en una tendencia hacia el colectivismo, que ha fracasado en su experiencia comunista.
Insiste a través de distintas formas movimientistas, transversales a los partidos políticos, en la intencionalidad de configurar una “nueva izquierda” ganando la “calle” con los movimientos sociales que han florecido por doquier, detrás de reivindicaciones ruidosas de distintas temáticas, que se fusionan con otras demandas equivalenciales.
Así dan cuerpo a un colectivo mayor, significante vacío, cuya nominación más común es el de “pueblo”, que termina configurando una significación hegemónica opuesta al enemigo de turno, y que a partir de renuncias parciales de sus aspiraciones, nutren liderazgos carismáticos, que expresan una representación que se invierte a partir del enamoramiento del mensaje del líder, que se apropia, en función de sus propios designios. Básicamente el “poder” y la apropiación de recursos del Estado y a través del Estado, para su propio beneficio en la mayoría de los casos.
Si el capitalismo no entiende esta nueva realidad, y se abroquela detrás de los resabios de una cultura conservadora, es posible que tenga que vivir una etapa sumamente conflictiva, en la que muchos de sus paradigmas sean realmente sometidos a un profundo debate ideológico, en el contexto de una realidad social cuyo principal soporte, que es la utilidad colectiva de sus resultados, resulte confrontado con una sociedad que no percibe los beneficios de sostener una estructura económica y una superestructura jurídica y política de la cual no participan.
Ese destino, a nuestro juicio es improbable, porque las sociedades, aun las más conservadoras, no se suicidan y muchas veces, contra su voluntad y juego de intereses, cambian adaptándose a las nuevas realidades.
Las ideologías antisistema no terminan imponiendo sus designios porque las cesiones institucionales que se producen, generan participación e incorporan satisfacciones a las demandas sectoriales o clasistas, aunque sean parciales y evolutivas, y con ello desactivan las consecuencias de los extremos ideológicos que éstas y sus activistas reclaman.
Quizá, la modernidad no esté agotada, y en los nuevos módulos del pensamiento y la reflexión, surjan la objetivación de ideas y propuestas, que den aire a una nueva etapa de la humanidad, a partir de la afirmación de la persona individual como centro de la escena, de su libertad para pensar y decidir, de realizar, de crear, de inventar, en un contexto jurídico de autonomía de la voluntad, donde el Estado y el consecuente poder político, tengan un rol subsidiario en el marco de una república democrática.
Es menester pensar instituciones que contengan ambos extremos hipotéticos, y permitan generar una nueva etapa en la que se pueda compatibilizar la permanencia de la masa desocupada dentro del consumo, condición indispensable para evitar la desestructuración del sistema productivo que se nutre de ese consumo.
Los fenómenos de concentración de riqueza sobre una base tecnológica y la expulsión de asalariados, estarían recreando la situación sociológica descrita por Marx en El Capital, donde la concentración y competencia del capitalismo lo acerca a su destrucción, y la miseria de una clase trabajadora sin trabajo los empuja hacia la revolución social.




