El tono de quien habla consigo misma y a la vez con otros domina en estos poemas. Pero justamente ese tono, en cuanto calidad sonora de la propia voz, no es perceptible, como curiosamente nunca lo es. Pues, en efecto, el timbre de nuestra voz nos sorprende cuando nos oímos, como si hubiera una distancia enorme entre la nota de identidad que conserva dentro nuestro y la que adquiere al vibrar en el aire: "El cuerpo de la palabra pronunciada / es sepulcro (…) En la boca del pecho suenan dulces: / hija, nieta, vaca, cala".

































