La democracia contemporánea es, en gran medida, un decorado. Un sistema que preserva sus rituales —elecciones, campañas, debates televisivos, boletas prolijamente impresas— para ocultar la verdad incómoda: la democracia real está en ruinas. Votamos, sí, pero votar hoy significa muy poco. El acto electoral se ha transformado en una especie de trámite simbólico que conserva la apariencia de participación mientras despolitiza por completo la vida pública. Al recibir el premio Princesa de Asturias, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han formuló con claridad meridiana esta situación: la democracia no se sostiene en procedimientos legales, sino en costumbres cívicas que ya no existen.


































