El emperador solar, ese que a veces me habita y otras me excede, no gobierna nada más que la disciplina de una gratitud sin discurso. Mientras la radio sigue en su diario murmullo, de cerca, el mundo suena en tonos más graves. El rumor del tránsito, adentro de un portón, se vuelve latido de tambor apagado; el tacón de una mujer, al doblar, escribe Morse en la vereda; una bicicleta sin cadena gira su pedal y hace el ruido exacto de una hélice cansada. Un niño suelta un globo blanco; el hilo se enreda en un alambre y queda allí, ardiendo de claridad, como una luna recién domesticada. Hay una ternura discreta en esos accidentes mínimos, y me dejo rozar por ella.


































