La pandemia de COVID-19 ha servido como un catalizador para una transformación inevitable, un cambio de paradigma que desafía las rigideces de los modelos asistenciales tradicionales. Nos encontramos ante un escenario donde los hospitales, otrora sólidos baluartes de la atención médica, comienzan a desintegrar sus fronteras físicas, diluyéndose en un entorno líquido, maleable y accesible. Este “hospital líquido” no es un simple avance tecnológico; es una manifestación de la modernidad líquida, donde las viejas certezas de la atención médica fija y jerárquica son sustituidas por una fluidez que permea los límites entre el espacio del paciente y el del profesional sanitario.




































