Tropecé con José Altamira en épocas de bajante del río, allá por 2022. Miraba el devenir, inmóvil, sentado sobre las ruinas del puerto de Colastiné, un tapialito de ladrillos corroídos por las aguas. En aquel tiempo ya era un hombre mayor, con una figura delgada, algo encorvada y aindiada que no se preocupaba en disimular. Diría que más bien al contrario. Por algún motivo fuera de época, le interesaba destacar. Quizás como estandarte de su paso por la vida.

































