Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, disfrutaba las visitas de su hermana menor Agustina, apenas un año y meses mayor que su hija Manuelita, en la casa de la calle Moreno (o del Restaurador), y luego también en su espléndida quinta de Palermo. Muy pequeñas, Agustina y Manuelita ambas jugaban a las muñecas, y cuando llegaron a la adolescencia se entretenían con los folletines de moda que llegaban con bastante frecuencia de la lejana Europa.
































