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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Martín Miguel de Güemes

Martín Miguel de GüemesMartín Miguel de Güemes

Miércoles 22.6.2016
 22:16
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Rogelio Alaniz

Conociendo la condición humana y los avatares singulares de la historia, no nos debería llamar la atención que muchos de los que hoy en la provincia de Salta le rinden homenajes a Martín Miguel de Güemes, levantan estatuas y ponderan sus aportes a la Independencia nacional, son descendientes de los que en su momento prepararon con los realistas la emboscada que concluyó con su muerte.

Convengamos, de todos modos, que la parábola histórica fue singular, ya que para los historiadores oficiales, Güemes fue admitido a regañadientes, y en algún momento estuvo a punto de ser considerado algo así como el Artigas del norte, es decir, un enemigo jurado de los intereses del gobierno de Buenos Aires.

La historia se escribió con otro guión, pero más allá de esas vicisitudes, la imputación que parece ser ilevantable es que los principales enemigos de Güemes, los que finalmente lo liquidaron, no fueron los españoles ni los intereses porteños que controlaron el poder entre 1810 y 1820, sino sus enemigos internos, la “pérfida oligarquía salteña” que no tuvo reparos en aliarse con los realistas o, para ser más preciso, con el intrigante general Pedro de Olañeta.

El estigma histórico de una fracción de las clases dominantes de Salta fue el de haber traicionado a la patria en ciernes en nombre de los buenos negocios con los realistas del Alto Perú. Ocurre que para este sector social, la Revolución de Mayo fue una molestia al principio y un atentado contra sus intereses después. Para colmo de males, a Güemes no se le ocurrió nada mejor que cobrar impuestos cada vez más elevados para financiar las actividades militares de sus gauchos rotosos. Cuando, además, se le ocurrió poner algunos límites a los derechos de la propiedad con el objetivo de obtener recursos para la misma causa, la antipatía se transformó en odio y en militancia conspirativa.

Como una ironía de la historia o una burla al lenguaje, el partido de los pelucones -donde militaban los Uriburu, Zuviría, Saravia, Zorrilla, Gurruchaga y Cornejo- se llamó Patria Nueva, motivo por el cual, y tal vez como respuesta a esa insolencia verbal, los seguidores de Güemes fundaron el partido de la Patria Vieja. Dos mujeres militaban en esa facción y le daban su calor y su temple: la madre de Martín Miguel, doña María Magdalena de Goyechea, y su hermana dos años menor, Dámasa Güemes, conocida popularmente como “Macacha”.

Los comedidos observaban sin ironía que las únicas personas a las que Martín Miguel les admitía que lo retasen eran su madre y su hermana, quienes le fueron fieles hasta la muerte y luego continuaron militando en la misma causa. Las viejas chismosas recuerdan que cuando Lavalle estuvo en Salta en 1841, los vecinos de la ciudad organizaron un baile de gala para agasajarlo y la primera mujer que el valiente guerrero de la Independencia sacó a bailar fue a “Macacha”, ante el silencio respetuoso de la concurrencia que tuvo el privilegio de ver bailar a quienes en ese instante encarnaban un pedazo vivo de la patria.

Martín Miguel de Güemes nació en 1785 en el seno de una familia patricia. Según los estudiosos en genealogías, su madre, Magadalena, descendía de los fundadores de Jujuy, una afirmación que algunos discuten, pero, para los que nos importa, alcanza con saber que Güemes no iba a necesitar de respaldos genealógicos para trascender en la historia.

Su breve pero intensa biografía se confunde con la historia de la patria y, sobre todo, con sus años más intensos y difíciles. Tenía apenas catorce años cuando se incorporó al Regimiento Fijo de Buenos Aires. Y apenas había cumplido los veintiuno cuando viajó a Buenos Aires para pelear contra los ingleses.

Para 1810 ya estaba en Salta. Participó en la batalla de Suipacha -el primer triunfo criollo y la única victoria de los ejércitos patrios en el Alto Perú- y más de un historiador afirma que Güemes fue el verdadero artífice de esa victoria que después se atribuyeron otros. Cuando se produjo el desastre de Huaqui, estuvo metido de lleno en el medio del combate, y luego se dio tiempo para orientarlo a Juan Martín de Pueyrredón a fin de que huyera con el tesoro del Potosí.

Por linaje y educación, Güemes era un caballero de fina estampa y distinguidos modales, que disfrutaba de la vida y del amor de las mujeres que nunca se resistieron a sus encantos para desasosiego de sus jefes militares y de su posesiva hermana. Niño bien consentido, sin embargo, aprendió en los frentes de guerra, en las rutinas de las campañas militares, en los improvisados campamentos levantados en medio del monte o en la soledad de las serranías, a tratar con los gauchos y a ganarse su respeto.

En 1812, conoció a Manuel Belgrano, pero al flamante creador de la bandera no le cayó bien este soldado insolente, populachero y mujeriego. Casualmente, fue una escandalosa relación con una señora casada con un distinguido y venerable patricio salteño lo que lo decidió a Belgrano a castigarlo enviándolo a Buenos Aires por tiempo indeterminado.

En la ciudad del puerto, el señorito siguió haciendo de las suyas sin remordimientos ni culpas. En algún momento se lo vio combatiendo con las tropas nacionales en el sitio de Montevideo. En una de esas andanzas conoció a Francisco Ramírez con quien se hizo amigo, amistad que luego continuó a través de la correspondencia.

Para fines de 1813 ya estaba de nuevo en Salta, y a esa altura del partido, Belgrano había aprendido a respetar a este caudillo de buena familia que cabalgaba y peleaba como un gaucho y que se había sabido ganarse el cariño de los pobres, no por patricio sino por valiente. Durante algo más de siete años, hasta la fecha de su muerte, Güemes contuvo con sus gauchos “infernales” a las expediciones militares de los realistas.

La hazaña militar se conoció con el nombre de Guerra Gaucha. Una película y algunas canciones evocan la gesta, pero por encima de detalles y anécdotas, lo que debe quedar claro es que la libertad y la independencia de la patria se jugaron durante todos esos años en aquellas fronteras.

El ingreso desde el Alto Perú se podía hacer en ese tiempo por tres vías: Orán, la Quebrada de Humahuaca y, al oeste, el llamado Paso de los Contrabandistas. Güemes se las arregló para cubrir los tres frentes, pero su principal desempeño fue en la Quebrada de Humahuaca. Para que se tenga una idea aproximada de la dimensión de su tarea militar, basta con saber que las tropas del general realista José de la Serna superaban los cinco mil hombres y, en 1820, las de Juan Ramírez Orozco, los siete mil, tropas que no sólo se proponían conquistar Salta, pretendían llegar hasta Buenos Aires y sofocar la revolución a sangre y fuego. La guerra de guerrillas practicada por Güemes le dio el aire necesario a San Martín para organizar el Ejército de los Andes, liberar a Chile y dirigirse luego Perú.

Sin embargo, el hombre que les hizo morder el polvo de la derrota a tres ejércitos expertos, murió derrotado por las intrigas de los jefes de la oligarquía salteña y el clan tucumano de los Aráoz. Todavía falta conocerse la última verdad acerca de la muerte de Güemes, porque si bien se sabe que fue traicionado por criollos, en los detalles hay informaciones contradictorias y, entre otras cosas, aún no se sabe con exactitud cómo fue que ingresó la partida de coyas mercenarios a la ciudad de Salta y por qué Güemes, habitualmente tan perspicaz, se dejó emboscar como un principiante.

Herido de muerte por una bala perdida, Martín Miguel alcanzó a huir y se refugió en un campamento en las afueras de la ciudad de Salta. Enterado de su situación, el general Olañeta le ofreció atención médica y respeto a su vida a cambio de que entregara Salta a las tropas realistas. El rechazo fue terminante, pero fue su último acto. Agobiando por los dolores de la herida y consciente de la cercanía de la muerte le dijo a su lugarteniente, el coronel José Enrique Vidt, que se hiciera cargo de las tropas y que luchara hasta arrojar fuera de la patria a los enemigos. Murió rodeado de sus gauchos el 17 de junio de 1821. Tenía treinta y seis años de edad.

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