Hay mucho que nos va a quedar de sus documentos. Ahí tenemos sus 4 famosos principios para pensar la vida eclesial, política, social, e incluso familiar. Tenemos su tenaz oposición a la violencia en todas formas, en particular, su odio a la guerra. La valoración de la vida de los más frágiles, de los niños (especialmente durante su gestación), de los ancianos, de los pobres, de los migrantes, de los discapacitados. Tenemos su invitación a ser una Iglesia sanadora, hospital de campaña, que abre sus puertas a todos y abraza a los últimos, sin importar su historia, sus ideas, sus pecados. Nos ayudó a abrir los ojos frente al peligro de un tipo de capitalismo que pone al dinero por sobre las personas, que pisa, aplasta y oprime, que nos vuelve zombies consumistas incapaces de salir de nosotros mismos o levantar los ojos para ver al prójimo y a Dios. Nos empujó a la fraternidad, al diálogo, a la construcción comunitaria del bien común. Nos dijo que ya no podemos mirar para otro lado mientras el planeta es destruído día a día por una mentalidad tecnocrática que privilegia un tipo de progreso sin corazón, sin ética, sin humanidad. Nos ayudó a entender que la conciencia de cada persona es la tierra sagrada que debe ser respetada a ultranza, pero que al mismo tiempo no es una conciencia aislada y caprichosa, sino que camina como Pueblo junto a otros, unidos todos por una meta común, por un proyecto, por un ethos pregnado de valores encarnados en una historia concreta y común. Llevó nuestro pensamiento nacional al mundo, sin ser nacionalista. No buscó globalizar ideas, sino ternura y misericordia. Fue, como dijo alguno por ahí en estos días, el argentino más importante de la historia.