Rogelio Alaniz
Durante los meses de agosto y septiembre de 1976 la ciudad de La Plata se transformó en un infierno, un infierno donde sus víctimas preferidas fueron adolescentes y jóvenes de 14 a 18 años. El responsable de esa campaña de exterminio fue el general Ramón Camps, una de las figuras más siniestras y perversas de un régimen militar que se distinguió por ser siniestro y perverso.
Al operativo destinado a asesinar a adolescentes, el señor Camps lo justificó diciendo que se trataba de erradicar el accionar subversivo en las escuelas. La noche del 16 de septiembre diez chicos fueron secuestrados por los esbirros del psicópata. Chicos y chicas que militaban políticamente en la UES y la Juventud Guevarista y que en esos días se movilizaban reclamando la rebaja del boleto de colectivo.
Es importante recordar estos detalles porque, por diferentes razones, en su momento a estos jóvenes se los presentó como un puñado de adolescentes exclusivamente preocupados por el precio del boleto estudiantil. No fue así. O por lo menos no fueron esos los motivos de fondo por los cuales fueron secuestrados y asesinados. Es por ello que resulta necesario resaltar los perfiles de los detenidos: todos tenían militancia política, todos sabían los riesgos que corrían y todos estaban comprometidos en la lucha por una sociedad más justa a la que designaban con el nombre de “patria socialista”.
Los jóvenes fueron sometidos a tormentos. Todos conocieron la picana, el submarino y cada uno de las minucias del arte de la tortura que aquellos valientes caballeros practicaban con chicos a los que en más de un caso recién les estaba creciendo la barba. Según los testimonios de los sobrevivientes, en los interrogatorios no hubo una sola pregunta relacionada con el boleto estudiantil, porque lo que los represores querían saber eran sus contactos, el nombre de otros compañeros y detalles internos de las organizaciones revolucionarias a las que pertenecían.
Estas “amables” sesiones se llevaron a cabo en los pozos de Banfield, Quilmes y Arana y en la comisaría de Valentín Alsina. De los diez chicos secuestrados esa noche, seis fueron asesinados: Daniel Alberto Racero, María Claudia Falcine, María Clara Ciocchini, Francisco López Muntaner, Claudio de Acha y Horacio Ungaro. Cuatro lograron salvar sus vidas: Pablo Díaz, Emilec Moler, Patricia Miranda y Gustavo Calotti. Por qué unos fueron asesinados y otros sobrevivivieron es una pregunta imposible de contestar. Una respuesta tentativa es que estos eran lujos que podían darse estos señores de la guerra: decidir sobre la vida y la muerte, matar a unos y dejar vivos a otros.
(Lea la nota completa en la Edición Impresa)































