Desde siempre lo imposible es uno de los nombres de lo que no podemos cambiar por más empeño que pongamos en ello. Es un límite absoluto e infranqueable, no atribuible a una falta personal, sino a un hecho de estructura del cual nadie se exceptúa, salvo en las fantasías de omnipotencia. Jacques Lacan llamaba lo real a dicha imposibilidad, cuyo ejemplo paradigmático es la muerte, en tanto condición de finitud inherente a la vida misma. No es casual que un refrán de la cultura nos recuerde que todo tiene solución, menos la muerte.

































