La euforia política, exaltada como expresión del compromiso colectivo, esconde una trampa: sustituye el pensamiento por el grito, la deliberación por la identificación y la política por el espectáculo. En tiempos donde todo es vibración y nada se sostiene, este artículo propone una crítica a la emocionalidad desbordada como forma de antipolítica. Hay algo embriagador en la euforia colectiva. Una especie de suspensión del juicio, de tiempo detenido, de certeza compartida.

































