José Luis Pagés - jpages@ellitoral.com
Agentes de la Policía santafesina, que investigan el asalto y homicidio perpetrado durante la madrugada del último sábado en la localidad costera de Arroyo Leyes, apresaron a cuatro personas domiciliadas en los aledaños del camping comunal.
Tres de las personas privadas de la libertad y puestas a disposición de la Justicia forman en un mismo grupo de familia y tienen 51, 22 y 19 años de edad. El restante es un joven de 26 años que, aunque con distinto apellido, comparte la vivienda.
Acerca del procedimiento que se cumplió ayer, nada informaron las fuentes oficiales; no obstante trascendió que ningún elemento como cuchillos o armas de fuego -de nada digno de interés para la causa- fue encontrado en el curso del allanamiento.
En un primer momento, la Unidad Regional I resumió el episodio registrado en jurisdicción de la Subcomisaría 8a. como un incidente armado surgido al calor de un conflicto que enfrenta a dos grupos de productores rurales, de modo que las capturas permiten imaginar que esa pista no fue desechada todavía.
No obstante, contra dicha presunción la versión compartida por las más de veinte personas reducidas y maniatadas por los siete encapuchados que atacaron y mataron a tiros al propietario del establecimiento frutillero, Esteban Cuevas (45), y dejaron malherido a su hijo Alvaro, de 25 años de edad, habla de un asalto al estilo de los perpetrados por la Banda de la Costa, a lo largo del año.
De modo que si vamos a resumir lo ocurrido según los dichos que recogimos entre las numerosas víctimas, podemos decir que los encapuchados incursores nocturnos, que ingresaron al predio subrepticiamente, maniataron a una veintena de peones, en cuestión de contados segundos.
Enseguida uno de ellos fue llevado ante la casa de la familia Cuevas y con el cañón de arma apoyado en la cabeza fue obligado a llamar a su patrón. El hombre fue reducido apenas se asomó para atender al peón. Maniatado, también fue obligado a echarse en el piso.
Luego, los ladrones irrumpieron en la casa, golpearon y lesionaron en la cabeza a la esposa de Cuevas y se apoderaron de una cantidad de dinero que evidentemente no era la que buscaban, así que fueron por más, a la casilla donde dormían los hijos.
En esas circunstancias Alvaro Cuevas -aún hoy en estado delicado- se trabó en lucha con uno de los delincuentes, en un vano intento de quitarle el arma, pero lamentablemente de la escopeta escaparía el disparo que le dio en el vientre.
Al ver esto, Esteban Cuevas reaccionó y con intención de proteger a su hijo logró ponerse de pie; pero sin embargo se desplomaría nuevamente, ahora a causa de los tres disparos mortales que dieron en su cuerpo.
Al intento de robo, frustrado a causa de la resistencia ofrecida por los Cuevas -padre e hijo- siguió la retirada de los encapuchados que, al amparo de las sombras, desaparecieron en medio de una intrincada red de caminos vecinales.
Herido de muerte, Cuevas fue llevado al Samco de San José del Rincón y poco después, su hijo Alvaro ingresaría malherido al hospital Cullen de nuestra ciudad. Familiares, peones y vecinos de los Cuevas se quejaron amargamente porque la policía, convocada de urgencia, recién se hizo presente con un solo coche de patrulla, una hora después de realizados los desesperados pedidos de auxilio.
Ayer, cuando los restos del jefe de la familia Cuevas eran despedidos en el cementerio de San José del Rincón se escucharon amargas quejas de parte de los trabajadores rurales, de nacionalidad boliviana, como las víctimas del atraco, porque ellos entienden que la desprotección policial se corresponde con el trato discriminatorio que perciben a diario.































