Al final, con el diario del lunes, La Olla no fue el final de nada. Todo lo contrario. Fue el principio de todo. Fue el prólogo del mejor libro en más de un siglo. Claro que esta vez, con sustento pandémico, no hubo cotillón. Lejos de los 40.000 de Paraguay (o los siempre varios de a miles de otras movilizaciones), apenas el enorme Domínguez en el banco, los gladiadores allá abajo y arriba el más enorme Vignatti con un puñado de dirigentes que realmente serán VIP para todos los tiempos.



































