Era un domingo radiante de sol aquél 23 de diciembre de 1979. El fútbol argentino, campeón del mundo, atravesaba por su momento de gloria por lo ocurrido en el 78. Unos meses antes, los juveniles con Diego Maradona a la cabeza se habían consagrado, también, campeones en Japón. Y Unión estaba ahí, metido entre los mejores. En 1978 peleando el título del Metropolitano con Quilmes y Boca, y perdiendo en semifinales del Nacional con River. Y en ese histórico 1979, llegaba a la final del Nacional con ese River de Angel Amadeo Labruna que parecía imbatible. Unión estaba allá arriba y con un equipo nutrido de jugadores nacidos en el club, más cuatro o cinco elegidos de manera cerebral y quirúrgica para reforzarlo. Eran 14 o 15, más no. Los titulares se recitaban de memoria y luego había 3 o 4 que se repetían a la hora de entrar en los segundos tiempos o por algún lesionado… ¿Lesionados?... Ese equipo no sabía lo que era lesionarse. Jugaban miércoles y domingo sin quejarse. Por eso valoraron siempre y tanto al profesor Rodolfo Rodríguez, el preparador físico de Reynaldo Volken, el hacedor de ese equipo que tenía “un segundo técnico” adentro de la cancha, que era el “Oveja” Telch; o directamente, el “Viejo”, como lo llamaban sus compañeros.

































