Munúa metió mano en el equipo sin la necesidad de cambios trascendentes de nombres. Toqueteó el esquema. Su perfil de juego no se movía. El dibujo táctico se mantenía constante. Fueron muchos partidos -casi todos en los más de 50 que lleva dirigidos- en los que la táctica no sufría alteraciones importantes. Y si en algún partido movía algo, era esporádico, circunstancial, casi anecdótico. ¿Se agotó?, quizás no. Quizás vuelva a jugar como lo hacía, pero con el aire renovado. Pero le encontraron la vuelta y los cambios de nombres (sobre todo como lo hizo en el partido ante Estudiantes en La Plata) no colaboraban para el mejoramiento del juego. Iba más allá de los intérpretes. Munúa vio que era él quien debía darle una vuelta de rosca al asunto para que su equipo cambie.





































