Blas Jaime cuenta que los pájaros, cualquiera fuera su especie, eran animales “bien vistos” y simbólicos por su capacidad de advertir del peligro, tanto hablando (como el loro) o guardando silencio. De esta idea, nace la leyenda de un guardia demasiado charlatán que por distraído olvidó avisar de un ataque al pueblo. En consecuencia, Dios lo castigó convirtiéndolo en loro. Sin embargo, los Chaná creían que “el espíritu era algo eterno, seguía vivo; pero la parte del alma ya no le pertenecía más”. Para evitar que estos espíritus molestaran a los vivos comenzaron a enterrar a sus muertos con “vasos campanas” con forma de loro. Así, los muertos se distraerían hablando con los loros y evitarían molestar a los vivos.