Cinco hermanitos desamparados, con largas ausencias parentales. El mayor, 8 años, y el más chiquito, 2. Cenaban mate cocido con pan porque a esa edad no sabían cocinarse. Nadie los cobijaba en las noches de tormenta o de la oscuridad, cuando se cortaba la luz. A Graciela y Norma les quedó eso grabado en la memoria: el miedo y la desprotección, tan fuertes como la certeza de que Adán, el mayor de ellos, haría todo por mantenerlos a salvo, postergando su niñez para que los hermanos sobrevivieran unidos.


































