Entre las innumerables vivencias de aquellos días de 2003, rescata una que resume en una misma imagen desolación y resiliencia, dos sentimientos que marcaron la tragedia: "En una de las recorridas que hacíamos, encontré a una señora muy humilde, de unos 60 años. Había pasado casi un mes y el agua había bajado. Por lo general, las casas estaban destruidas, arrasadas… pero la de ella marcaba un contraste muy grande con la de sus vecinos. Estaba llena de flores, por todos lados… y me contó que toda su vida había vivido rodeada de flores, que era lo que le daba alegría y que la mantenía fuerte, y que siempre comía rodeada de flores… Si bien me traje de Santa Fe mucha angustia y dolor, me quedo con esa historia que me demostró que a pesar de eso, y de haber perdido todo, se puede conservar la dignidad".