Para arrancar estas líneas hay que evocar una escena muy concreta. Una terraza en Rosario, el ruido lejano de patios vecinos, música que llega desde alguna radio. En el centro, un pintor que está rodeado de telas, caballetes y colores.
Una crónica periodística de El Litoral retrató al reconocido artista cuando tenía 36 años de edad y todavía estaba en plena búsqueda de su lenguaje pictórico. Sus ideas sobre la creación, la pintura y el compromiso social.

Para arrancar estas líneas hay que evocar una escena muy concreta. Una terraza en Rosario, el ruido lejano de patios vecinos, música que llega desde alguna radio. En el centro, un pintor que está rodeado de telas, caballetes y colores.
Son casi las seis de la tarde de un verano ya pronto a trocarse en otoño cuando el periodista Pedro Giacaglia ingresa al taller de Jaime Rippa y comienza a urdir en su mente un retrato sensible del artista que tiene frente a sí. Que se publicará unos días después, el 10 de marzo de 1966 en El Litoral.
En el aniversario del nacimiento de Rippa (ocurrido el 1 de abril de 1929 en Rosario) volver a esa crónica permite verlo en pleno proceso de creación, todavía joven, buscando, investigando. Es decir, en el momento justo en que un artista treintañero se está convirtiendo en lo que será después.
La crónica de 1966 arranca con la descripción de un espacio, el taller. Giacaglia describe una terraza amplia, luminosa, todavía no invadida por telas acumuladas, un lugar de trabajo más. Allí, entre cuadros apoyados en las paredes, se desarrolla una conversación que gira siempre sobre la pintura.
El periodista escribe una frase que da cuenta de su sensibilidad. "Los cuadros que Jaime Rippa muestra me van tomando y, poco a poco, los sonidos no se escuchan". La escena es poderosa, alude a la pintura como un "clima".
En la charla aparece una idea interesante, en tanto Rippa explica que la pintura no aparece de manera inmediata. "Un cuadro no nace de golpe; puede nacer la idea, así de inmediato, pero la pintura crece lentamente, con controlada medida de color y materia". Esta definición lo ubica muy lejos de la idea del artista impulsivo.
En la nota, Giacaglia observa obras anteriores del pintor, paisajes figurativos de Rosario, terraplenes, postes telefónicos, caseríos, la tierra cercana al río. Esos cuadros son documentos de una ciudad periférica, orillera, lejos de la postal urbana tradicional.
El periodista señala que esas pinturas hablan de un artista que "ha sabido mirar sus contornos", alguien que observa su entorno y lo transforma en lenguaje pictórico. Esa relación con el paisaje del litoral sería una constante en muchos artistas santafesinos. Con eje en el río, el suburbio y la zona industrial.
Uno de los momentos más interesantes de la entrevista aparece cuando el periodista le pregunta por su pintura y su evolución. Rippa dice: "siempre comienzo mis cuadros en forma abstracta, y poco a poco va surgiendo, según los casos, una sugerida figuración".
En la charla también aparece una de sus series más importantes, la de los peces. "La serie de los peces me causó gran satisfacción. Me liberó de trabas y me posibilitó un campo más amplio en la pintura".
La nota de El Litoral insiste en una idea, que Rippa es un pintor que estudia, investiga, prueba materiales, colores y formas. El periodista lo describe como un creador que no se detiene, que ya obtuvo premios, pero que sigue buscando su lenguaje.
Esa búsqueda se puede ver también en su formación. Fue alumno de Higinio Mattioli en los 40 y en 1963 se recibió como profesor de Pintura en el Instituto de Bellas Artes de la Universidad Nacional del Litoral. Más tarde completó su formación con Enrique Uriarte y Oscar Herrero Miranda.
Fue pintor, pero también escultor, muralista, escenógrafo y docente durante 47 años en instituciones como la Universidad Nacional de Rosario, la Escuela Provincial de Artes Visuales y la Universidad Popular Biblioteca Vigil.
Con el paso de los años, Rippa formaría parte del Grupo Taller y del Grupo de Arte de Vanguardia de Rosario, participando del Ciclo de Arte Experimental que culminó en Tucumán Arde en 1968, una de las experiencias más importantes del arte político latinoamericano.
Ese proyecto colectivo denunció la situación social de Tucumán tras el cierre de los ingenios azucareros y cambió la relación entre arte y política en Argentina.
Desde entonces, su obra mantuvo una temática social y un fuerte compromiso con la realidad latinoamericana, visible en murales, pinturas y proyectos educativos, como el plan para realizar murales en 60 escuelas provinciales de Rosario con el objetivo de prevenir la deserción escolar.
A lo largo de su carrera participó en exposiciones en Rosario, Santa Fe, Paraná, Córdoba, La Plata, Buenos Aires, Roma, Tel Aviv y Porto Alegre, obteniendo numerosos premios.
Pero, quizás, la mejor manera de entenderlo no esté en su lista de premios ni en sus exposiciones. Sino en aquella tarde remota de verano del '66 en su taller, cuando un periodista simplemente lo veía trabajar y conversar entre telas y colores.
Para cerrar, cabe usar el mismo final que eligió Giacaglia. "Decimos hasta luego a un talentoso artista rosarino que estudia e investiga y sabe que pintar es un intenso oficio, una investigación, siempre en acalorada búsqueda, en incesante crecimiento".




