"Cuanto más estoy con un objeto, sea un modelo o un trozo de paisaje, más empiezo a ver lo que no apreciaba".
A 17 años de su muerte, la obra de Wyeth permanece vigente por su realismo austero y silencioso, centrado en el paisaje rural y la figura humana. En ella, el detalle mínimo construye una atmósfera cargada de tensión y sentido.

"Cuanto más estoy con un objeto, sea un modelo o un trozo de paisaje, más empiezo a ver lo que no apreciaba".
El 16 de enero de 2009 murió Andrew Wyeth. Con él, se "apagó" una forma de mirar el mundo. Su pintura, austera, silenciosa y ligada a la tierra, no es necesariamente cómoda. Aunque contiene una certeza: Wyeth fue uno de los más precisos narradores visuales del Estados Unidos rural.
Miembro de una familia de artistas, Wyeth creció con una salud delicada que lo mantuvo lejos de la escuela tradicional. Ese aislamiento fue, paradójicamente, su formación. Su padre, un ilustrador, se convirtió en su maestro y lo introdujo en el dibujo.
Según reconstruye el Museo Thyssen-Bornemisza, en 1933 el joven Wyeth descubrió las acuarelas de Winslow Homer. Ese medio se transformó en su favorito durante los primeros años y delineó una sensibilidad atenta al clima y a la atmósfera.
Cabe una nota al pie: el mentado Homer, naturalista, se dedicó mucho a los paisajes, sobre todo los marítimos. El Instituto de Arte de Chicago lo define como "un agudo observador del mundo que lo rodeaba".
Volviendo a la historia del pintor al que dedicamos estas líneas: su obra se mostró por primera vez en la exposición "The Wyeth Family", organizada en Filadelfia en 1936.
Un año después, su primera muestra individual fue un éxito rotundo: todas las obras se vendieron el primer día. Sin embargo, ese reconocimiento temprano (tenía apenas 20 años) no lo desvió de su camino.
En 1943 rechazó un contrato del The Saturday Evening Post para realizar portadas, un trabajo que su propio padre había desempeñado previamente. Wyeth eligió otra cosa, una pintura personal, lejos del mercado editorial.
Wyeth viajó poco y pasó la mayor parte de su tiempo entre Maine y Pennsylvania. Ese paisaje fue su universo. Su estilo pictórico apenas varió: una mirada insistente sobre lo inmediato, una ejecución obsesionada con el mínimo detalle.
"Su gama cromática se caracterizó por su tendencia a la austeridad, predominando los colores de la tierra", señalan desde el Thyssen. Marrones, grises, verdes apagados, una paleta que parece absorber el sonido.
Durante la década de 1940 incorporó la técnica del temple al huevo. Para Ignacio Gutiérrez Zaldívar fue "un genio de la acuarela y del temple, la técnica preferida por los flamencos y la más utilizada hasta el siglo XVI, son pigmentos mezclados en yema de huevo y sin aceite".
Inscripto dentro de la tradición de la American Scene, Wyeth se interesó por representar lo "norteamericano". A los paisajes de Maine sumó la figura humana, especialmente a través de dos modelos femeninos fundamentales.
Christina Olson fue retratada hasta su muerte, en 1969, y protagonizó "El mundo de Cristina" (1948), obra que lo hizo famoso. Helga Tesford, en cambio, fue un secreto: una vecina a la que retrató a escondidas entre 1971 y 1985.
Wyeth gozó de enorme popularidad en Estados Unidos. En 1976 se convirtió en el primer artista vivo al que el Metropolitan Museum of Art le dedicó una retrospectiva. Pero ese amor del público no siempre fue acompañado por la crítica.
Miguel Calvo Santos señala que "se le llamó el pintor del pueblo, debido a su popularidad entre el público medio de su país. En sus obras podemos respirar el olor a hierba de las grandes praderas de Chadds Ford, en Pennsylvania o sentir la tierra y los habitantes de Maine, con sus viejas granjas".
Para Henry Adams,"¿deberíamos considerar a Wyeth anticuado o moderno? Quizás un poco de ambos. Si bien conserva una imaginería reconocible, y su obra evoca a grandes realistas estadounidenses del siglo XIX, las audaces composiciones de sus pinturas, su pincelada rica en texturas, su paleta sombría y su espíritu oscuro, incluso angustiado, sugieren la obra de los expresionistas abstractos".
Fulwood Lampkin describe el clima de su obra. "Muchas de las pinturas de Wyeth tienen esa sensación misteriosa, con un montón de espacios donde algo debería estar allí, pero no lo está. Cuadros a veces deprimentes, otras veces misteriosos, a veces aburridos, y casi siempre terroríficos".
"Es uno de esos artistas creadores de atmósferas, sobre todo el rural americano. Mediante unos pocos elementos crea una narrativa que nuestro cerebro primitivo se encarga de convertir en una historia de terror", apunta el especialista.
A 17 años de su muerte, la obra de Wyeth continúa interpelando desde un lugar incómodo. Su pintura, ajena a modas y rupturas, persiste como registro de un Estados Unidos rural detenido en el tiempo, donde el paisaje y la figura humana funcionan como huellas de una identidad profunda.
Entre la devoción del público y la desconfianza de parte de la crítica, Wyeth sigue ocupando un espacio singular en la historia del arte norteamericano. El de un artista que eligió mirar siempre el mismo mundo, convencido de que en esa repetición también podía habitar lo universal.




