Messi jugó un partido sensacional. Le faltó el gol, pero no importa. Donnaruma lo conoce lo suficiente para haber evitado, por ejemplo, ese remate de zurda que quiso colocar junto a su palo derecho. Pero participó en dos de los tres goles, aunque, insisto, frente a semejante actuación no hace falta que convierta. Verlo correr rivales, marcar, arrojarse al piso, aguantarse un par de patadas, moverse por todo el frente de ataque con inteligencia, saber cuándo había que acelerar y cuándo se imponía el toque corto y hacia atrás o a los costados y sacarse marcas de encima como en los mejores tiempos del Barcelona, es algo que regocija y entusiasma.