“En la medida en que uno va leyendo es como que se va ramificando. Una lectura te lleva a otra, un autor se asocia con otro o te recomienda, entonces se va volviendo caótico, pero a la vez uno va marcando su propio camino como lector. Te vas encauzando hasta cierto tipo de literatura. Por ejemplo, las obras que leí hace diez años atrás y me gustaban, hoy a lo mejor no paso de diez páginas, entonces es raro el recorrido que uno puede llevar como lector. También hay mucho de azaroso. Me gusta recorrer las librerías de saldo porque conseguís libros baratos que te terminan encantando. Hay libros que salen diez mil pesos porque arriesgaste a probar y capaz que no leés ni veinte páginas. En los libros baratos podés encontrar uno que te termina encantando o descubrís una nueva literatura que te vuela la cabeza. No está bueno limitarte por tu propio gusto, está bueno lo del azar, de dejarte llevar por una tapa. Hoy está todo muy segmentado, muy publicitado, es como la tiranía de Netflix que te hace la serie pensada para vos, para un público que le gusta la nostalgia ochentosa y te agregan todos los ingredientes, te la empaquetan y te va a gustar a vos. Pero después te perdés de otras cosas que podés encontrar en esas mesas de saldo, que te pueden abrir la cabeza mucho más que esa publicidad prefabricada. Está bueno arriesgarse, te vas a llevar muchos chascos como nos pasa a todos, pero a la larga creo que tiene su recompensa. Por eso está bueno que haya acceso a distintos textos, a distintas voces y editoriales. Porque si no es todo muy pensamiento único de las grandes editoriales y terminamos perdiendo todos, tanto los que escribimos como los que leemos porque se termina bajando siempre la misma línea”.