“Eso fue porque otro de mis objetivos fundamentales era una beca del gobierno francés que conseguí en 1976. Hice el doctorado en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Nancy, Francia, otro poco en Italia y viajé un montón. Era una época pesada y si bien no estaba involucrado en nada, tenía ideas y gente conocida que me acercaban a cierto peligro. Muchos la pasaron muy mal y otros no la contaron. Me juntaba con Jorge Isaías en la librería Signos. Nos habíamos conocido en un encuentro de jóvenes poetas en Colonia Caroya, en Córdoba, que después él lo contó unas 4000 veces. La librería estaba en la calle Córdoba, entre San Martín y Maipú, en el Pasaje Pan. Era una especie de jabonería de Vieytes. Ahí creamos la revista La Cachimba, junto a Jorge y Guillermo Colussi. Fue un periodo activo. Las revistas tenían unos tirajes fenomenales porque teníamos una gran inserción en la Universidad, especialmente en la Facultad de Filosofía y Letras, que hoy es Humanidades. Las primeras plaquetas eran con el mimeógrafo que imprimía Airoldi, en la calle Corrientes y los dibujos iban con esténciles electrónicos. Salía caro y era complicado, pero luego empezamos a trabajar con la imprenta de Francisco Gandolfo. Cuando me fui, Jorge contaba que iban tipos pesados, que se notaba que no eran del ambiente y preguntaban. Sabían todo, era peligroso el asunto. La Cachimba funcionó gracias a lo epistolar. Los contactos que teníamos con todo el mundo eran espectaculares. Recibíamos en la casilla 272, del Correo Argentino, las cartas de muchos escritores y sus libros. Jorge pasaba a retirar los paquetes y nos juntábamos los fines de semana para leerlas, responder y armar las notas”, dice el autor.