Leandro Lacerna es un músico nacido en Mendoza en 1984. A fines del año pasado publicó su última placa discográfica, “Supersad”. Antes de este ensayo juguetón sobre la tristeza (o, tal vez, la melancolía crónica), editó “2036” (2016), “Último reset” (2015), “11 11 11” (2011), “Violento” (2008) y “Cara de nada” (2005); además, del EP junto a sus coterráneos nucleados en el Submarino Colectivo de Solistas (“Montaña sagrada y expensas bajas de amor”, 2013). A la par, desarrolló una prolífica faceta como productor y masterizador, en una extensa lista (Mi Amigo Invencible, Gauchito Club, Embajada Boliviana, Alejo y Valentín, Mariana Päraway, entre otros), que incluye el álbum más nuevo del artista local, Dante Leonel (“Genérico”, 2022).
Creo que el disco todavía sirve. Podría ser el leitmotiv de la resistencia retro -¿los neo compact-disquistas?- ante la (no tan) nueva normalidad del siglo XXI: que los objetos culturales se despojan paulatinamente de su dimensión física. Podría, pero no. Es una frase escrita de puño y letra por Leandro Lacerna desde su estudio (o “cueva con luz”). Decir que es músico sirve, también, pero no alcanza. Si para Zelarayán no existían los poetas, sino “los hablados por la poesía”, aquí estamos en presencia de un hombre hablado por la música. Incluso cada respuesta lleva impreso el eco de una imagen acústica pregnante. Porque después de la declaración en las líneas iniciales sobre su último álbum (“Supersad”, 2021) vino un jeje. La primera de siete risotadas, incluyendo las infinitas variaciones del jaja. Se nota, disfruta hablando de aquello que le apasiona.
Algo hay en “Supersad” para que cada una de sus diez estaciones sigan teniendo resonancia en el artista. Será porque hablan de “problemáticas y sentimientos atemporales”, apunta Leandro. Detrás de la anunciada tristeza, afloran soledad e injusticia… pero también libertad. Todo mezclado por la misma persona, “buscando cierto orden en el caos”. Lacerna se siente el maquinista de un tren que atraviesa paisajes cambiantes, como fondos de pantalla aleatorios. “Es un buen disco para escuchar en shuffle porque está lleno de contrastes: luz, oscuridad, limpieza, distorsión, momentos pequeños y cargados, voces suaves, gritos”. Es “entrar en un túnel y que después aparezca un mar abierto”.
Por si no se notó, Leandro es de aburrirse rápido. Uno de sus tantos juegos con la materia musical fue la división en tres partes. O escalas. “De a tres canciones se puede ver un poco más el juego de una con respecto a otra, y complementarlas”. Hay un guión, una escritura de fragmentos que juntos dan forma a un mapa, y que el propio compositor evidenció en una entrevista bajo la expresión de “muchos cortos sobre el duelo”. Los títulos de las canciones operan escenográficamente, contextualizando al narrador omnisciente y qué? lacerniano: auricular, pastillas, regalo, cumpleaños, botella en la mesa de luz. Los objetos cuentan la historia, como en la canción que bautizó su primer larga duración, “Cara de nada”. “En el disco anterior había mucha ficción, palabras de cómics y películas. Acá quería ser más directo. No sé si salió”, cuenta riendo para pelearle al nombre de la obra.
“Supersad es un buen disco para escuchar en shuffle porque está lleno de contrastes. Es entrar en un túnel y que después aparezca un mar abierto”. Gentileza Martin Orozco.El 17 de mayo de 2020 fue un clásico domingsad otoñal, y Lacerna decidió abrirle a sus seguidores de Instagram una ventanita para que chusmeen en qué andaba. “Se oye la hojarasca crepitar al final”, reaccionó uno al video con filtro rojo donde se lo veía ejecutando en piano una logradísima maqueta de “Un cumpleaños”. Esa sería la puerta de entrada al disco publicado en 2021, y la visibilización de la acción , del método creativo: remachar. Como una broma a la expresión de moda “estar en un cumpleaños”, el sujeto de la canción está presente, dramáticamente presente en una fiesta donde no conoce a nadie.
En el complejo acto de autopercibirse, Leandro deja dicho que nunca le salió bien ser posmoderno, fresco, liviano. Podrían discutirlo las mini-canciones que componen “2036”, EP enmarcado en el proyecto Microdiscos de otro músico y productor mendocino, Gonzalo Elizondo. “En mi cabeza, es una película. De hecho, hicimos un guión con un amigo. Es difícil lograr esa síntesis, pero creo que gracias a eso ahora mis letras son mucho más cortas”. Podrían discutirlo, pero no. Lo que acomoda todo, siempre, es el deseo. Por no decir, el antojo. “Me gusta divertirme, aunque haga canciones tristes”.
El famoso “proceso” del disco fue caótico y hermoso, según recuerda Lacerna. Flota en “Supersad” una especie de soledad mentirosa: el autor se expone en una poética confesional, a cocochito de un numeroso equipo de productores (Nahuel Briones, Alejo y Valentín, Eve Calletti, El Príncipe Idiota, Tweety Gonzalez, Romi López, Ignacia, More Gemma, Paula Neder, Gonza Nehuén). “Es una gran constante en mi vida”, reconoce en mood Sagitauro Lunaries. “Soy muy social. Cuando estoy cansado de eso, me engento, me meto adentro. A veces, hay disfrute… y otras, aparecen unos fantasmas que madre mía. Entonces, vuelvo a llamar a mis amigues para que me den un poco de luz y vino”. Ese compartir es una de las claves para situar afectivamente el disco. Pero también es una trampa: “abrir las canciones al caos del juego, junto a personas con las que me sentía muy bien compartiendo ese momento”.
El aura asambleario le da al álbum una variación de texturas, centímetro a centímetro. “En mis discos y, en general cuando produzco a otros artistas, me gusta usar todos los artilugios que puede dar el estudio de grabación: filtros, efectos, paneos extraños, lo que sea. Las canciones tienen pianos super orgánicos, pianos rotos, sintes más minimal, muchas capas, más de guitarras, cuerdas…Después, las letras se entrelazan, son más personales”. Y allí, una nueva puntada humanista a la narrativa de la obsesión: el paso del tiempo. “No creo que mis canciones hablen de nada extraño. Hablo de las cosas que me mueven y conmueven; es difícil mirar para otro lado en un mundo tan hostil. En general, escribo sobre el mundo como un lugar horrible, pero con pequeñas grietas de luz donde encontrarnos para celebrar la vida. Como el beso que te hace olvidar por un rato de la hostilidad de la sociedad policial o la persona que intenta reinventarse desde abajo de los escombros”.
“Esta noche tocan músicos de Mi Amigo Invencible en un barcito en Chacras de Coria… Vamos?” El mensaje iluminó mi celular una de las primeras noches en Mendoza. A la semana del show, en la ciudad capital tocaba Foco. No pude ir. En San Rafael conocí a una piba que ponía en el auto Usted Señálemelo, Perras on the Beach, Gauchito Club. En más de un bar suena “Lamento boliviano”. Compruebo la sospecha: la gente de Mendoza escucha música mendocina.
Esa idea de comunidad alimentó el Colectivo de Solistas Submarino, y también fue combustible para el programa de TV “A 1.000 kilómetros de casa”, que Leandro Lacerna produjo y condujo. “Fue muy loco, una aventura que me encanta haber vivido”, recuerda. “Tal vez, hoy los paradigmas no sean los mismos, pero sí algunos temas atemporales como el desarraigo, la novedad del viaje, el ser artista en otro lugar que no es el que naciste. Ojalá alguna vez hagamos la parte 2 con todas las provincias”. Y sobre el panorama artístico de su provincia natal, concluye: “Me da mucha alegría. Siento que, tal vez, ahora la prensa nacional esté un poquito menos hypeada que antes de la pandemia, pero yo que vivo acá escucho cosas que me encantan día a día y hay una generación mucho más diversa en todo sentido que viene a enseñarnos mucho”.