Estados Unidos, 1976. El país del norte ha perdido la brújula. La degradación moral, el escándalo político del Watergate, la dimisión de Richard Nixon, las secuelas de la Guerra de Vietnam, los alarmantes índices de delincuencia y la pérdida definitiva de los ideales apenas abrazados en los ‘60 han sumido a la sociedad en un desconcierto del cual el cine no se mantiene ajeno, tal como demuestran filmes de la época, completamente heterogéneos, hasta en términos ideológicos, como “La conversación” (1973) o “Death Wish” (1974). En ese contexto apareció “Rocky”.



































