Espontáneamente, pues lo hago, como se dice en el espectáculo, al toro. In situ. Pero con un hilo conductor que son los clips editados especialmente que apoyan lo que voy narrando. Historia, rarezas. Las anécdotas y el cotilleo fijan los conceptos. Cuidado: sin pretender que sea una clase o conferencia. No. Simplemente un show. Todo con un lenguaje llano, nada de términos técnicos. Y un ping pong entre la clásica y lo popular. Caso de Deep Purple abriendo un concierto con la oda versión rock. Salto de aquello que trata el cuento a espejos de nuestra vida cotidiana. Insisto: nada está planeado. No sé en qué momento llegará el humor y la emoción hasta las lágrimas. Porque, comprendiendo desde esta respuesta, lejos del show, como si me estuviese viendo desde lo alto, en la parrilla de luces, soy consciente que apenas entro al escenario me olvido de todo, me siento un espectador más. Juro que percibo las distancias, la vibra, el asombro, la concentración o la distracción en una u otra dirección. Y lo digo. Pues nos debemos al público. Al extremo que siempre, al salir, me queda tanto la felicidad como la culpa, casi desesperado por saber si “¿les habrá gustado?”. En tanto, la novena va fluyendo en la pantalla gigante, con la Filarmónica de Berlín, dirigida por Herbert von Karajan en algunos movimientos, y otro por la Orquesta del Festival de Lucerna, con la batuta de Claudio Abbado. Y el cuento se precipita hacia el fin.