Un niño camina por el oscuro pasillo de la escuela. Sigiloso, busca evitar que el sonido de sus zapatos alerten sobre su presencia. Es domingo y el edificio está vacío. El habitual bullicio llegará mañana con el primer campanazo. Ahora el niño abre despacio la puerta del museo escolar y entre aves embalsamadas está él esperándolo, majestuoso, soberbio, imponente. El pequeño se llama Ariel Ramírez y tiene apenas cuatro años. Avanza hipnotizado por la curiosidad, sus piernas cuelgan cuando se sienta sobre el almohadón del banco, extiende un brazo, con su mano levanta la tapa de madera y observa una por una las teclas blancas y negras, blancas y negras, blancas y negras. Entonces cierra los ojos y deja caer el peso de sus pequeños dedos extendidos sobre el piano. Las ondas sonoras se propagan por todo el salón, rebotan por las paredes y vuelven, es una danza invisible y encantadora, la música que llega a su vida y se quedará para siempre. Sin saberlo entonces, lo trascenderá. Porque esas ondas sonoras más tarde serán melodías que recorrerán el mundo.


































