-Tanto en el debate previo a las elecciones como el que antecedió a la llegada de las vacunas contra el Covid19, todo se condensó en una palabra: comunismo. Un concepto que se utilizó, sobre todo, para descalificar. Es decir que se abordó desde una vertiente negativa. Ahí se tomó una percepción que hubo del comunismo, sobre todo después de 1991, cuando se produjo la disolución de la Unión Soviética, que es la de la encarnación de todos los males. Es la versión que construyó el liberalismo respecto de la Revolución Rusa y en general de todas las experiencias revolucionarias: que, inevitablemente, desencadenan en una sociedad totalitaria que hace uso del terror y de la ideología única. Es una versión dominante y eso quedó demostrado particularmente en los debates que se produjeron en Argentina, donde se utilizó esa palabra para descalificar, con una motivación política. Del otro lado, tenemos una versión positiva del comunismo, generada sobre todo por la izquierda más tradicional, vinculada a la construcción oficial que hizo el propio gobierno soviético, que entiende que el comunismo era suerte de camino al paraíso que siempre estuvo rodeado de saboteadores y enemigos externos que impidieron que se pudiera desarrollar y sobrevivir. Son dos posiciones extremas, que en ninguno de los casos se pueden comprobar en la realidad. La experiencia soviética fue compleja, contradictoria e incluso a veces paradójica. Eso queda muy bien sintetizado en una frase que es, en realidad, el título de un libro de Karl Schlögel: “Terror y utopía”. Es decir, una sociedad en la cual podían convivir tranquilamente los proyectos utópicos y los ideales más nobles. Pero, al mismo tiempo, prácticas deleznables como el terror de Estado, como en los comienzos de la revolución y en el período stalinista. Luego de la muerte de Stalin, todo lo que tenía que ver con el terror se suavizó, no así la censura y la persecución a opositores. Pero hay que entender también que fue una sociedad en la cual muchos ciudadanos tuvieron acceso a sistemas de salud, tuvieron garantizada la vivienda y pudieron alfabetizarse. Hay una serie de logros y una suerte de espíritu compartido de los habitantes, que aspiraban a una sociedad más igualitaria. Más allá de los problemas que existían y de los cuales eran conscientes, como el desabastecimiento de bienes de consumo o la burocracia. Hay que pensar que hay gente que nació, vivió y murió dentro de ese sistema. Entonces, quedarse de un día para otro sin eso como ocurrió en 1991 fue complejo. No es algo que se puede borrar de un día para el otro o de un año para el otro. Eso explica, en parte, un fenómeno que se puede registrar en Rusia, que es cierta nostalgia por la época soviética.