Hasta la llegada de Donald Trump, los perros eran una parte muy importante del "establishment" político, pero él se había negado a tener mascotas rompiendo una norma no escrita de la política norteamericana: las mascotas dan votos. Los perros de Obama, por ejemplo, tenían secretaria y agenda propia y la web de La Casa Blanca cuenta con un apartado dedicado en exclusiva a las mascotas de los presidentes.
































