El otro día estaba viajando hacia una ciudad que está al lado de la línea de frontera con Rusia, y en el tren iban muchos soldados que habían ido a descansar a sus casas y volvían a luchar. Y había un soldado a punto de subirse al tren que estaba abrazado con su mujer y su hijita, que no le llegaba más de la cintura, y esa familia no hablaba, sólo se abrazaban. Y claro, acá no paran de reclutar soldados, te enganchan en la calle, te ponen el traje militar y te mandan. Y yo estaba mirando esa imagen y una de las cosas que más me duele ver en este mundo es que por distintos motivos hay mucha gente que no tiene capacidad de elegir su futuro, le toca la que le toca. Entonces, empatizar con ese sufrimiento humano y trabajar como trabajamos con Médicos Sin Fronteras para aliviar ese sufrimiento y garantizar que por lo menos ese día sea menos duro, te hace más humano. Por eso Ucrania es una escuela de vida, en medio de la muerte. Y los que no están aquí y están lejos, solo les pido que no se olviden de que hay gente que la está pasando muy mal porque tener empatía con el sufrimiento humano es una manera de hacer un trabajo humanitario día a día.