En este año aciago del coronavirus, cuando el pasado junio a inicios de la desescalada se hablaba frenéticamente en Europa de “salvar el verano”, todos lo entendíamos en clave económica: las autoridades de cada país intentaban salvar la temporada turística. Ahora, en cambio, cuando se habla de “salvar la Navidad” entran en juego otras consideraciones, no tanto religiosas –que para muchos, también– como de salvaguarda de la necesidad de contacto humano en fechas señaladas.

































