Con atención, observo la casa. Sin disimulo, la casa me ausculta a mí. En la pared este del atelier, cuelga una reproducción de una columna de Sahda publicada por El Litoral: "La mirada, como acción voluntaria del hombre, es selectiva al privilegiar determinados aspectos del entorno que se destacan o resultan de especial interés para los propósitos de quien mira. El barrido ocular permanente sólo se detiene y enfoca aquello que nutre la construcción del percepto mental, esto es, aquello que moviliza su atención y se incorpora a la información sobre las cosas". Mi mirada está puesta en el artista, su obra y su casa como un conjunto: ¿Qué rastro dejamos cuando nos vamos de este mundo? ¡Cuántos planes, sueños y luchas quedan truncos en el camino! ¿Qué pasa con nuestro legado? ¡Lo que para unos es oro en polvo, para otros es pura chuchería que se devorarán los bichos, la humedad y el óxido! Todos somos singulares pero un artista es el más singular de todo un pueblo: es alguien que vio algo que otros no vieron y se propuso hacerlo visible para los demás. Por eso, muchas veces dicen que los artistas están locos: ¡Locos hasta que plasman su obra! ¡Locos hasta que sus lectores, sus espectadores o su público son testigos de su creación! Insisto: la creatividad es ver algo que no existe de antemano, encontrar el camino para sacarlo a la luz y ponerlo ante el rostro de los que caminan miopes por estos efímeros parajes. Sahda vio la belleza en los cuerpos voluminosos; en la carne sudada y maloliente; en las muecas de bares, esquinas, prostíbulos, circos y manicomios; lejos de las siluetas de las tapas de revistas; muy lejos de los cánones de belleza grecolatina. Vio el costado hermoso de la fealdad. Reconoció el atractivo que habita los arrabales de las ciudades y nuestros mal iluminados callejones espirituales.