La noche comenzaba a reclamar su espacio sobre la ciudad, arrojando sombras largas sobre las baldosas de la peatonal. El viento helado de otoño serpenteaba entre los edificios, colándose por los cuellos de los abrigos y haciendo temblar a los más desprevenidos. Caminaba sin rumbo fijo, con la mente sumergida en la inercia de la rutina, cuando un sonido inesperado quebró la monotonía de la tarde.




































