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La vuelta al mundo

En Brasil la calle tiene la palabra

Por Rogelio Alaniz

En Brasil la calle tiene la palabraEn Brasil la calle tiene la palabra

Martes 25.6.2013
 23:59
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Protesta. Parece un hincha de fútbol, pero es un manifestante que lleva su pasión brasileña pintada en la cara; parece un “torcedor”, pero es un activista contra los excesivos gastos en el fútbol y a favor de la inversión pública en educación, salud y transportes. Foto: EFE

por Rogelio Alaniz

ralaniz@ellitoral.com

Lo que está sucediendo en Brasil demuestra una vez más- que los gobiernos, cualquiera sea su signo, siempre son sorprendidos por las movilizaciones sociales. Los que mandan suponen que el pueblo vive en el mejor de los mundos o, en su defecto, que todo está bien controlado. Y de pronto, estalla la movilización y todos estos supuestos se vienen abajo. Siempre el estallido se provoca por un acontecimiento que se presenta como menor. A título de experiencia personal, recuerdo que en 1969 las movilizaciones estudiantiles que fueron el punto de partida de la derrota de la dictadura de Onganía, se iniciaron contra el aumento del ticket del comedor universitario de Corrientes, una ciudad de la que se creía que sus habitantes sólo estaban ocupados en el chamamé y las procesiones religiosas. El entonces ministro del Interior, Guillermo Borda, se quejó de que por un aumento de menos de un peso se hiciera tanto lío. En 1968, el célebre “Mayo francés”, comenzó con una reivindicación menor en una universidad de los suburbios de París. La historia relata que la chispa que provocó la Revolución Francesa de 1789 arrancó con un reclamo por el aumento del pan. Y fue una pacífica manifestación religiosa, promovida por un monje aliado del zar, el detonante de las grandes revueltas rusas en 1905. En todos los casos, la metáfora que mejor grafica esta situación es la de “chispa”, un leve cortocircuito que provoca el incendio social. El otro dato, es el que mencionaba: los gobernantes son sorprendidos por los sucesos y, en la mayoría de los casos, desbordados. La moraleja que dejan estas experiencias es que el poder y su entorno no pueden o no saben evaluar lo que pasa en la sociedad. El habitual coro de adulones, la espesa burocracia que lo rodea, le impide percibir las tensiones que se acumulan en la sociedad y que estallan en el momento más inesperado. Dilma Roussef es una presidente a la que se puede considerar de izquierda. Lo es por su pasado, por el partido en el que milita y por los objetivos que proclama para Brasil. Desde que llegó al poder demostró que sabe gobernar, es decir que sabe tomar decisiones. Hasta la semana pasada era considerada una de las gobernantes más populares de América Latina y, seguramente, una de las más respetadas en el mundo. Su lucha contra la corrupción; y en particular, la corrupción promovida por funcionarios que pertenecen a su mismo partido, le otorgó prestigio y popularidad. Y de pronto, esto. Es decir el estallido social que se inicia en un lugar, se extiende a más de ochenta ciudades y suma un millón de personas. El “pretexto” fue el aumento del transporte en San Pablo, un aumento mínimo, pero que despertó las iras de estudiantes y amplios sectores de las clases medias. Después, los reclamos fueron creciendo: los gastos desorbitados para el Mundial de fútbol de 2014 y las Olimpíadas de 2016. En algún momento el pliego de reivindicaciones incluyó temas tales como salud, educación y seguridad. Y todo esto a un gobierno que nunca renunció a su condición de izquierda. No concluyen allí las novedades. Los que salen a la calle no son los pobres o los trabajadores en general, sino las clases medias y, muy en particular, su sector más sensible y temible: los estudiantes. Al respecto hay que decir que las experiencias del siglo XX han enseñado a los gobernantes que nunca conviene meterse con este sector social. Y no conviene hacerlo, porque por la singular relación que los estudiantes mantienen con el saber, la edad y sus prácticas de vida, se constituyen en un temible factor de perturbación social. A ello se le agrega otro inconveniente: la represión de los jóvenes despierta la inmediata solidaridad de sus padres, quienes podrán discutir en algunos casos las ideas o las costumbres de los hijos, pero no les gusta que la policía los muela a palos o algo peor. En consecuencia, como se ha demostrado en numerosas ocasiones, la movilización estudiantil incluye en poco tiempo la movilización de las clases medias. En Brasil, este escenario se reprodujo con los matices y las variantes del caso. La Policía Militar salió a la calle y repartió palos a diestra y siniestra. Los estudiantes pagaron con la misma moneda, porque ya se sabe que por motivos que alguna vez Pasolini intentó enumerar, estudiantes y policías no se quieren y sus refriegas callejeras forman parte del folclore cultural del siglo veinte. La Policía Militar es muy eficiente, pero sus modales no suelen ser muy caballerescos. Como dijera un político opositor, están preparados para reprimir, no para prevenir. Esta policía no depende del gobierno nacional, sino de los gobiernos estaduales y el ejército desde los tiempos de la dictadura los ha preparado para combatir enemigos. Los resultados están a la vista. El costo político de la paliza lo pagó Dilma, quien por un lado intentaba poner paños fríos al conflicto, mientras que por el otro, la propia estructura de poder, que siempre excede a un gobernante, hacía exactamente lo contrario. La movilización en las calles puso en evidencia lacras y fealdades del sistema. Las manifestaciones populares suelen descorrer los velos que disimulan los rasgos más duros e injustos del poder. También es verdad que en la medida en que crecen y se hacen masivas, pierden su pureza original. Ganada la calle por los manifestantes, ésta se transforma en el escenario preferido de la violencia y los violentos. Lúmpenes, aventureros y extremistas aprovechan la situación para promover desmanes o agudizar las contradicciones. Siempre fue así, y lo ocurrido en Brasil demuestra que lo va a seguir siendo. La propia movilización de masas incluye además- intrigas, operaciones desestabilizadoras, conspiraciones de grupos de poder ubicados a la izquierda o a la derecha. Los estallidos sociales ponen a prueba la muñeca política de los gobernantes. Algunos aprueban el examen con excelentes notas; otros, se van a marzo. Más allá de las vicisitudes personales, hay movilizaciones que operan en el contexto de un sistema que se cae a pedazos y movilizaciones que son la consecuencia no querida de un sistema que está creciendo. Esto último es lo que ocurre en Brasil. Se trata de la séptima potencia mundial, con una sociedad donde los contrastes sociales son durísimos, pero en donde la inclusión social promovida en los últimos años ha sido amplia. No sé si la hipótesis que sostiene que los movilizados en esta coyuntura son los beneficiarios del sistema que ahora van por más, pero muy bien se puede admitir que, con los matices y contradicciones del caso, algo de eso está ocurriendo. Habrá que ver cómo se desarrollan los acontecimientos de aquí en adelante. En principio da la impresión de que Dilma Roussef ha sabido estar a la altura de las circunstancias. La “sorpresa” ha sido dura e inesperada, pero sus primeros reflejos apuntaron en la dirección correcta. ¿Lo hizo por oportunismo o por convicciones? Poco importa responder a esta pregunta. Lo decisivo es que trató de ponerle límites a la estructura del Estado, orientada “espontáneamente” hacia la represión, y se esforzó por entender lo que estaba ocurriendo. Veremos si las respuestas se corresponden con las palabras. Y si los manifestantes aceptan las soluciones previstas. Conociendo Brasil, y atendiendo a la calidad de su clase dirigente, todo hace pensar que las turbulencias sociales continuarán por algún tiempo, pero cada vez más debilitadas. Luego habrá que ver si la presidente ha podido superar el desafío o si, por el contrario, las heridas políticas han sido irreversibles. Por lo pronto, apostaría doble contra sencillo que el año que viene, millones de brasileños irán a los estadios y saldrán a la calle a festejar eufóricos los goles de Brasil. Y muchos de ellos no se acordarán, o no querrán acordarse, que un año antes habían salido a la calle enojados por los gastos excesivos en deportes, en un país en el que, paradójicamente, sus pasiones desbordantes son los carnavales y el fútbol.

Apostaría doble contra sencillo que el año que viene, millones de brasileños irán a los estadios y saldrán a la calle a festejar eufóricos los goles de Brasil.

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