A Enrique Cadícamo le decían "El poeta de la calle", aunque también era fichado como "La máquina de escribir canciones". Y a Juan Carlos Cobián lo llamaban "El Chopin del Tango". Ambos, no hicieron otra cosa que embellecer al tango y dejar en el cancionero verdaderas obras de arte. Fue una dupla inquebrantable, que no se oxidó ni se ajó, ni se rompió. Y que saltó desde "Anclado en París" ("Tirao por la vida, de errante bohemio, estoy Buenos Aires... anclado en París"), a "Muñeca Brava" ("Che madame, que parlas en francés y tirás ventolín a dos manos") y "Che Papusa oí" ("...los acordes melodiosos que modula el bandoneón").




































