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OPINIÓN

Crónicas santafesinas

Es una cuestión de paisaje, de perspectiva: no hay ciudad que merezca ese nombre sin bares. No sé que ocurrirá en el futuro; no sé si en el futuro habrá ciudades o cómo serán.

Crónicas santafesinas Crónicas santafesinas

Jueves 9.7.2020
 23:54
Rogelio Alaniz
Rogelio Alaniz

I

No hace mucho escribí que fue necesario padecer esta pandemia para que, entre otras cosas, valoricemos la existencia de los bares. No creo exagerar si digo que la ciudad paralizada, transformada en un páramo por la cuarentena, adquiere su tono urbano más genuino cuando abren los bares. Es una cuestión de paisaje, de perspectiva: no hay ciudad que merezca ese nombre sin bares. No sé que ocurrirá en el futuro; no sé si en el futuro habrá ciudades o cómo serán, pero sí sé que las ciudades desde hace por lo menos dos siglos se distinguen por los bares y sus primos hermanos: la taberna, el bodegón, la posada y el boliche. Dicho de una manera terminante, pero en sintonía con la experiencia y los libros: no hay modernidad sin bares, sin el café, ese lugar en el que los hombres de la ciudad se reúnen a conversar, a leer los diarios o a estar solos, a desarrollar el arte exquisito de aprender a estar solo en medio de la ciudad y en medio de la gente... apenas acompañado por el pocillo del café y el talento de conversar con uno mismo, como aconsejaba Antonio Machado. ¿Anacrónico? Puede ser. A los setenta años no me quedan demasiadas alternativas, pero algunas de esas alternativas sostengo que merecen ser defendidas, evocadas, aunque más no sea para contribuir a aquello que, por no tener otro nombre mejor, se denomina memoria. Como en estos temas soy amigo de predicar con el ejemplo, digo que hasta el día de hoy sigo manteniendo asistencia perfecta al bar. Allí escribo, allí leo, allí converso con mis amigos. Allí vivo. No voy a dar el nombre de mi bar para no hacer publicidad gratis, pero nadie puede impedirme decir que está en la esquina de San Martín y San Jerónimo.

II

En mis tiempos de pibe, allá lejos y hace tiempo, la mayoría de edad, la condición de hombre, se adquiría cuando te permitían entrar al café, cuando el mozo en lugar de pedirte que te retires con tus diminutos pantalones cortos, te atendía. Entonces, para un muchacho ser aceptado en el bar era un certificado de mayoría de edad más importante que cualquier otro documento o cualquier otra experiencia. Que te admitan sentarte a una mesa e incluso sentarte a una mesa de codillo, loba o truco, era un reconocimiento que uno lo vivía como una gentileza. Ni hablar si además empezabas a manejar el taco de billar para ensayar alguna carambola. Los tiempos han cambiado y no me voy a poner a llorar por esos cambios. Es verdad, el viejo cafetín ya casi no existe. Las mesas de billares directamente han desaparecido; la barra de muchachos ha sido desplazada por la mesa de veteranos, porque los muchachos de hoy en día adquieren sus certificados de mayoría de edad con otros logros. La otra noche, conversando con unos amigos, sospechábamos que la asistencia al bar es un privilegio o un vicio practicada por una minoría. Hablo de los que asistimos todos los días al café; de lunes a viernes, y a veces de lunes a domingo. A la mañana, a la siesta o a la nochecita. ¿Y en el trasnoche? Por lo general el café no se hace cargo de ese turno. Antes sí; pero desde hace años el café es diurno, por más que a plena luz del día algunos posean una penumbra encantadora.

III

Alguien dirá cómo compatibilizo mi afirmación de que no hay ciudad sin bares con el reconocimiento de que sus asistentes en una ciudad somos una minoría. No lo sé. No estoy dando definiciones o diagnósticos; escribo crónicas de la ciudad no un informe para el Conicet. De todos modos, aclaro que la minorías que asistimos diariamente a los bares no se contradicen con sus visitantes ocasionales: dos amigos que se reencuentran en la calle; una pareja que decide pelearse o reconciliarse; un matrimonio que un sábado a la mañana acuerda compartir un café o un liso. Ya lo dije: la impresión acerca de la importancia de los bares en la ciudad la percibí con más fuerza en esta cuarentena. Una impresión visual, sensible, la mirada de quien camina por la ciudad todos los días. Bienvenidos los supermercados y las farmacias abiertas; bienvenidas las ferreterías y las tiendas; pero reconozcan conmigo que para el habitante de la ciudad, ésta adquirió su rostro auténtico cuando abrieron los bares. La gente en las mesas de la vereda, conversando en esas mesas hospitalarias contra la ventana o en la barra. El bar también puede ser el lugar de la melancolía, de la tristeza, de la soledad. Nada de lo humano le es ajeno, aunque la frase suene a lugar común.

IV

Mi relación con los bares santafesinos se inicia desde mi llegada a la ciudad. Digamos que es una historia que supera el medio siglo. ¡Si seré viejo! Con los años se envejece y en el camino se pierden cosas; algunas livianas, otras importantes. Pero una de las lealtades persistentes que sostengo con mis años juveniles es la afición a los bares. La mesa de amigos, pero también la mesa donde leo y escribo. Cuando se es joven se imita: fumamos o tomamos una copa imitando a algún modelo masculino con el que nos identificamos. Yo no fui la excepción al respecto. La diferencia -que no es exclusiva- es la relación que establecí entre bar y literatura. ¿Por qué lo hice? Tal vez por comodidad, tal vez porque en la pensión de estudiante no había ni lugares ni intimidad para leer, pero tal vez porque alguna vez leí que esa costumbre practicaban los existencialistas franceses, que Jean Paul Sartre escribió “La náusea” en el Café Le Flore. ¿Snob? Puede ser. No me avergüenza reconocerlo. Creo que a cierta edad todos somos algo snob. El problema no es serlo en algún momento de la vida; el problema es serlo toda la vida; o no darse cuenta de que uno lo es, y que en cierto momento es necesario dejar de serlo para resignarse a ser uno mismo.

V

Cada bar que recuerdo de la ciudad está acompañado con un libro. En el Torino de bulevar y San Lorenzo, una tarde leí “El pozo” de Juan Carlos Onetti; en el Valencia de calle San Martín, una noche de lluvia leí los mejores cuentos de Chéjov; en el bar del Parque, de Freyre y Suipacha, sentado en una mesa con vista a la calle, leí “Buenos días tristeza”, de Francoise Sagan; en La Modelo de calle Mendoza, una siesta de otoño descubrí a Herman Hesse a través de “Demián”; en el bar de San Jerónimo y bulevar, que le decíamos “el San Jerónimo” pero tenía otro nombre, leí “En la zona”, los primeros y decisivos cuentos de Juani Saer, confidencia que le hice al autor años después, mientras le hacía una entrevista en ese bar precisamente. En el bar que entonces se llamaba “Las Cuartetas”, me leí casi de una sentada “La historia universal de la infamia”; cuando en tiempos inmemoriales funcionaba entre la Casa Gris y los Tribunales, un bar que se llamaba “Los Constituyentes”, y que las chicas bien de entonces le decían con tono dulce e insinuante: “Los Contiàte”, te espero en “los Conti”, alguna vez empecé a leer “El americano impasible”, de Graham Greene; en el Hernandarias, una noche, a la salida del cine, el Pati Ponce me regaló los poemas de Jacques Prévert; y cada vez que regreso a ese poeta lo tengo presente a Pati y a ese poema tan especial que precisamente se llama “Desayuno”: “Echó leche /en la taza de café/ Echó azúcar/ en el café con leche. /Con la cucharilla/ lo revolvió. /Bebió el café con leche./Dejó la taza sin hablarme. /Encendió un cigarrillo. /Hizo anillos de humo. /Volcó la ceniza/ en el cenicero sin hablarme. / Sin mirarme se puso de pie. /Se puso el sombrero. /Se puso el impermeable porque llovía./ Se marchó bajo la lluvia./ Sin decir palabra. /Sin mirarme./Y me cubrí la cara con las manos. Y lloré”. A este poema, Prévert lo escribió hace más de setenta años, pero se me ocurre o quiero y me gusta creer, que todos los días, en algún lugar de la ciudad, del país o del mundo, en algún momento se registra una historia parecida.

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