Luciano Lutereau (*)
Luciano Lutereau (*)
Un motivo de consulta frecuente es el que muchas personas resumen en los siguientes términos: “Me cuesta terminar las cosas”. Así que se trata de quienes se reprochan desde haber dejado “a medias” sus estudios, haber abandonado un proceso sin haber llegado al final o bien, de manera más intrascendente, no llegar hasta la última página de un libro. No es un aspecto menor que las tareas intelectuales sean la sede privilegiada de este tipo de padecimiento, pero volveré sobre esta cuestión cuando termine el artículo.
Lo que quisiera destacar, en principio, es que este tipo de personas suele apelar a la voluntad, al “ponerse la pilas” y, por ejemplo, leen libros de autoayuda que los estimulen para lograr los objetivos propuestos. Es algo que he escuchado cientos de veces en mi consulta de psicoanalista. Aunque nunca conocí a nadie que lograra otra cosa más que padecer severos autorreproches, derivados de que “terminar” se vuelve una orden vacía, una obligación que esperan satisfacer para obtener el más liviano de los placeres: sentirse realizado, por haber hecho lo que se debía. Sin embargo, ¿lo que se debía a quién?
La satisfacción de cumplir, por el mero cumplir, puede ser una de las formas más eficaces de represión del deseo. Incluso de ese deseo que, muchas veces, se manifiesta como interrupción, haciendo que algo quede por la mitad. Ya que el deseo, las más de las veces, se expresa como resistencia. El deseo no es lo que queremos, sino lo que nos permite decir que “no” a ciertos reclamos que se han vuelto ciegos. No obstante, ¡cuánto cuesta hacerle caso al deseo y dejar caer la obligación de finalizar algo!
En estos casos es cuando confundimos fin con finalización. En un análisis, mucho más que en la autoayuda, puede aprenderse que haber dejado algo pudo haber sido un fin también, no por falta de constancia, sino porque ya fue suficiente; y mucho más importante que una perseverancia imposible (idealizada en otros, a los que “de afuera” pensamos que hacen lo que nosotros no podemos) es decir “basta” a tiempo y con convicción. Recuerdo que, en cierta ocasión, conversaba con un muchacho lo que él llamó una “definición de enfermedad mental”: terminar las cosas tal como uno se las propone. ¡Sólo los robots cumplen este tipo de aplicaciones! En este punto, me recordó la canción de Andrés Calamaro que dice: “Todo lo que termina, termina mal, poco a poco; y si no termina, se contamina más, y se cubre de polvo”.
De esta última referencia quisiera extraer una conclusión: todo termina por la mitad, para que no termine mal. Me explico: concluir algo es un acto personal, no el cumplimiento de un plazo o un objetivo. Como docente universitario, muchas veces me ha ocurrido advertirle a mis alumnos: “No se apuren para recibirse, porque después tienen el título y no saben qué hacer”. Así que muchos de ellos terminan la carrera y siguen siendo estudiantes. Este ejemplo podría parecer trivial, pero en el consultorio también he visto cómo un joven busca independizarse y, para el caso, quiere conseguir su propio dinero, irse a vivir solo, etc., pero no cae en la cuenta de que puede alcanzar todo eso y, sin embargo, permanecer en posición de hijo. En última instancia, el mayor problema de vivir de acuerdo con objetivos es no sólo que pueden abandonarse a medias, sino que cuando se cumplen puede cambiar todo sin que cambie nada.
Ahora sí, el último punto. ¿Por qué este tipo de planteos suele tener los estudios (cursos, exámenes, carreras, libros, etc.) y otras tareas intelectuales como referente específico? No se trata solamente de que este tipo de actividades tengan prestablecidos sus tiempos y de antemano se pueda idealizar el final apropiado, sino que también en cada una de esas situaciones se pone a prueba la propia capacidad y dejar algo implica asumir, en buena medida, una suerte de impotencia. En un análisis puede aprenderse que esa falta de potencia no se debe a un desinterés, sino justamente a lo contrario; a que más bien el deseo puede estar interesado en otra cosa. Si tuviera que resumir el trabajo de un tratamiento psicoanalítico, lo haría de la manera siguiente: que alguien pueda dejar de obedecer las obligaciones vacías que se impone, para recuperar la potencia del deseo como motor de sus actos.
(*) Psicoanalista, Doctor en Filosofía y Doctor en Psicología (UBA). Coordina la Licenciatura en Filosofía de Uces. Autor del libro “Más crianza, menos terapia” (Paidós, 2018).
Nunca conocí a nadie que lograra otra cosa más que padecer severos autorreproches, derivados de que “terminar” se vuelve una orden vacía, una obligación que esperan satisfacer para obtener el más liviano de los placeres: sentirse realizado, por haber hecho lo que se debía.




