Se ha pensado en la literatura del desierto como en la poética del vacío y del despojamiento. Yo, sin negar esas experiencias, creo que se aproxima más al desvelamiento y a la revelación. En el desierto uno aprende a escucharse mejor, a que se le aparezcan las propias palabras y el ritmo de la sangre y del pulso que aumentan su sonoridad. Podemos entrar, en medio del silencio, en un trance auditivo, en un soliloquio, con nuestras dimensiones físicas y verbales a la vez.

































