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Crónicas de la historia (por Rogelio Alaniz)

Don Juan Manuel de Rosas

Don Juan Manuel de RosasDon Juan Manuel de Rosas

Miércoles 24.5.2017
 22:42
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Por Rogelio Alaniz

La imagen del tirano/ abarrotó el instante/ no clara como un mármol en la tarde/ sino grande y umbría/ como la sombra de una montaña remota”. Jorge Luis Borges

En 1867 un viajero inglés se detiene en una pulpería de la provincia de Buenos Aires. Es noche cerrada. En una mesa, hombres toscos, mal entrazados, rústicos, discuten y se burlan de un anciano. Podemos tomarnos la licencia de imaginar el tono infamante de las voces, las risotadas burlonas y los gestos despectivos. El viejo seguramente está borracho. En algún momento uno de los jóvenes lo saca a empujones de la pulpería. El viejo se resiste. No le cuesta demasiado al muchacho someterlo y luego arrojarlo al patio con una patada en el trasero.


El viejo, agraviado, humillado, se levanta como puede, mira con ojos rencorosos a quienes lo han golpeado, vacila, no sabe qué hacer o qué decir, pero en cierto momento levanta la voz y con gesto desafiante pronuncia el grito que asombra al viajero inglés que contempla la escena desde una ventana: “Viva Rosas”.


Cunningham Graham se llama el viajero inglés. Ha conocido a Juan Manuel de Rosas, ha frecuentado los círculos de poder que lo sostenían, sabe que fue derrotado por Urquiza en Caseros hace quince años y que su nombre es palabra prohibida por los diferentes gobiernos que lo han sucedido. Sin embargo, en una ignota pulpería de campaña, aún hay gauchos que vitorean su nombre como un desafío, como un rencor o como una oscura rebeldía.


A más de doscientos años de su nacimiento el nombre de Rosas ya no suscita ni temores ni arrebatos pasionales. Está muy bien que así sea. Ocasionalmente, alguna secta nacionalista de extrema derecha suele reivindicarlo a través de proclamas que languidecen en la indiferencia. El relato liberal y la novela revisionista pareciera que han agotado las posibilidades de conflicto y hoy nadie está dispuesto a ir más allá del debate académico o la cita folclórica.


El recurso de apelar a la historia y a sus presuntos héroes para prestigiar posiciones políticas contemporáneas se ha revelado como anacrónico y falso. Sin embargo, los hipotéticos beneficios de la reconciliación política no eluden la reflexión histórica acerca de una de las personalidades más controvertidas de nuestro pasado.


Hablar de Juan Manuel de Rosas es hablar de las bases constitutivas del poder político, del proceso de fundación de las grandes estancias y del desarrollo de la economía ganadera. El rol de los caudillos, su herencia hispánica y su adecuación a la realidad insoslayable de la revolución en clave autoritaria, encuentra en Juan Manuel de Rosas un paradigma insuperable.


Hablar del Ilustre Restaurador de las Leyes es también hablar de las relaciones paternalistas entre patrones y peones, del arte político de concitar el apoyo popular para la puesta en práctica de una política conservadora. Y, relacionado con ello, el empleo del terror como arma de dominación política.


Este hijo de una de las familias patricias del Río de la Plata, supo expresar mejor que nadie la visión ideológica de aquella clase propietaria que nunca dejó de considerar a la Revolución de Mayo como una fuente indeseable de conflictos y desórdenes, añorando con indisimulada nostalgia los supuestos años de paz y prosperidad de la colonia.

De todos modos, sería un error ubicar a Rosas como un político obcecado en retornar a un pasado irrepetible. Era un reaccionario cultural, pero era un hombre práctico. Si un mérito le reconocen hasta sus más enconados adversarios, es su infalible sentido de la realidad, un sentido despojado de toda otra consideración que no sea la de afirmar un sistema económico fundado en la acumulación de tierras y la explotación y comercialización de carnes y cueros.


Más que un retorno a la colonia, objetivamente su gestión fue un severo ajuste de cuentas contra los errores, excesos y también aciertos de los ideólogos liberales y unitarios que se demostraron impotentes para consolidar un orden medianamente estable. Rosas en ese sentido es el primer político que comprende que en la Argentina ningún proyecto de poder es viable si no cuenta con el respaldo popular.


El propietario y administrador de estancias, el joven que supo forjarse como empresario, político y caudillo, el titular de saladeros y el jefe de tropas, el hombre que supo conquistar el amor del gauchaje, sabrá dispensar favores y empleos, inspirar amor y miedos y logrará ganarse la adhesión incondicional del gauchaje y de las clases populares urbanas con cuyo respaldo levantará una formidable y temible maquinaria de poder.


No inventó nada que no estuviera dado. En todo caso sistematizó y perfeccionó un sistema cuyas claves estaban latentes en nuestra conformación histórica. Ni el acaparamiento de tierras, ni el terror, ni el oscurantismo ideológico y cultural, ni la práctica del degüello, fueron exclusivas creaciones suyas. Pero la conjunción de todas estas tendencias en un orden popular y autoritario, hallaron en su persona al artífice perfecto.


Su proclama al asumir el gobierno el 13 de abril de 1835 es aleccionadora. Dice entre otras bellezas: “Persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida y, sobre todo, al pérfido traidor que tiene la osadía de burlarse de nuestra buena fe. Que de esa raza de monstruos no quede uno entre nosotros y que su persecución sea tan tenaz y vigorosa que sea de terror y espanto a los demás que puedan venir en adelante”. Como se dice en estos casos: “El que avisa no es traidor”.


Sin dudas que fue un político formidable. La carta escrita a Facundo Quiroga desde la Hacienda de Figueroa, y la confesión política acerca de cómo constituir un liderazgo popular escrita a Santiago Vázquez, revelan a un estratega notable que conoce muy bien los objetivos que se propone y, sobre todo, cómo lograrlos.


A ello hay que agregarle otro dato que merece ser tenido en cuenta: escribía muy bien. Muy lejos de Alberdi o Sarmiento por supuesto, pero con una singular capacidad para expresar sus puntos de vista con un lenguaje que revela una personalidad y un estilo, la condición distintiva de un buen escritor.


Ezequiel Martínez Estrada no vacila en calificar a su sistema de dominación política como un anticipo de los regímenes totalitarios del siglo XX. El control minucioso de la vida privada, el culto al líder, la organización desde el poder de grupos de choques, la movilización fanática de las clases populares, la manipulación de los símbolos religiosos, el desprecio a los valores ilustrados, expresan -de manera primitiva y rústica- algo así como un fascismo avant la lettre que transforma al rosismo en una original experiencia política.


Como lo admitiera Alberdi y lo reconociera Sarmiento a regañadientes, logró -tal vez por el peor de los caminos- fundar las bases de un futuro orden político civilizado. A Alberdi precisamente se le atribuye haber dicho que a Rosas le corresponde el mérito de haberle enseñado a los argentinos a obedecer, una pedagogía cuyo maestro fue Ciriaco Cuitiño, cuya institución se llamó Mazorca, cuyo símbolo distintivo fue la divisa punzó, cuya pluma fue el puñal y cuyos respaldo de la clase lo dio la muy patricia y servil Sociedad Popular Restauradora. Luego de admitir las virtudes del orden y la obediencia, Alberdi agrega: “Ahora se trata de que en lugar de obedecer a un déspota el pueblo obedezca a las leyes”.


Una rigurosa coherencia ideológica guió los pasos de un Rosas que se jactaba de estar liberado de cualquier condicionamiento ideológico. El mismo que proponía degollar disidentes y afirmar el orden sin reparar en medios, es el que desde su exilio europeo y escandalizado por los excesos de la Comuna de París, no vacila en recomendar la dictadura temporal del Papa.


Para esos años estaba solo, viejo y vencido. Sin embargo, creía a rajatabla en la infalibilidad de sus soluciones. Y su mayor felicidad era montar a caballo, arrojar el lazo con una habilidad asombrosa y dar órdenes a sus escasos peones. Mientras tanto, en remotas pulperías de las pampas, gauchos menesterosos seguían gritando “Viva Rosas”. Como escribirá Sarmiento: “Qué misterios los de la naturaleza humana; qué terribles lecciones para los pueblos”.

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