Casi a la mitad de la extensa navegación hacia la distante América ocurre el cruce del Ecuador. Sobre el Atlántico impredecible los marinos respetan las tradiciones, por lo tanto habrá festejos y participarán como invitados todos los pasajeros. El mismísimo Poseidón será invocado para el bautismo de los tripulantes nuevos que pasarán de simples "grumetes" a viejos "lobos de mar". De pronto repica una campana y un maestro de ceremonias anuncia: amable público, con ustedes… El Dios del Mar. Enseguida aparece un señor de larga barba blanca portando una capa lustrosa, una corona brillante y un enorme y temible tridente.
































