Resulta interesante observar en dónde radica esa sensación reconfortante, por cierto engañosa debido a las circunstancias, que genera entregarse a nuevos lugares y cosas. Un viaje provoca, inmediatamente, una situación diferente a la que se estaba antes de partir. El escritor Antonio Muñoz Molina lo describió con claridad: "(...) si viajas solo en un tren o caminas por una calle de una ciudad en la que nadie te conoce no eres nadie: nadie puede averiguar tu angustia (…)" (en "Sefarad. Una novela de novelas", año 2001). Pero no sólo se trata de la percepción de los otros que no saben –obviamente- nada de ti, sino que el viajero mismo comienza a sentirse diferente. Por ello el novelista español expresó que: "(...) al viajar siento que no peso, que me vuelvo invisible, que no soy nadie y puedo ser cualquiera, y esa ligereza de espíritu se trasluce en los movimientos de mi cuerpo, y voy más rápido, más desenvuelto, sin la pesadumbre de todo lo que soy, con los ojos abiertos a las incitaciones de una ciudad o de un paisaje (…)". Al suscitar esas sensaciones se concreta el engaño, pues nos sitúan fuera de nosotros, lejos del desasosiego suspendiendo la realidad personal, pero todo ello es efímero, sólo una distracción pasajera.