En nota del 8 de agosto de 1822, dirigida al gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, López se muestra sumamente alagado por el obsequio del sable y promete "no desenvainarlo jamás sino para sostener los sagrados derechos de la Patria". Por quince años, permaneció el lujoso sable en poder del general López. Enemigo de los uniformes ostentosos, que muy rara vez vestía, es poco probable que esta espada haya sido ceñida a su cintura alguna vez. Pero llegó un momento en que creyó oportuno incluirlo en su equipaje, cuando en 1837 viajó a Buenos Aires con la idea de mejorar su salud, poniéndose en manos del médico personal de Rosas. La ocasión hacía presumir posibles actos protocolares y López envió por barco sus baúles, mientras él viajaba con su comitiva por tierra.