Lo cierto es que esos diablos, encarnados en grotescos animales fantásticos, siguen vigilando París. Víctor Gómez, un bloguero atraído por las quimeras, como quien escribe, pero que pudo fotografiarlas con detalle, describe la galería de figuras monstruosas. Dice: "La que me da la bienvenida es la archiconocida estirga burlona (ser mitológico que se alimentaba de sangre), que mira a lo lejos y le saca la lengua… a la estatua de Carlomagno y a la universidad de la Soborna, al poder y a la ciencia, como si todo lo pudiera y todo lo supiera...". ¿Qué pensaba Le Duc al concebirlas? ¿Podía su mente decimonónica atrapar el significado profundo de esas figuras en los siglos XII y XIII d. C.? ¿Cuán artificiales eran esas reproducciones fuera de sus contextos religiosos originarios? Preguntas, en fin, que siguen sin respuesta, porque las indagaciones de historiadores y antropólogos culturales, sus intentos de interpretación, carecen del registro íntimo y la vivencia cotidiana del infierno en las gentes de la Edad Media.