Mi papá era el nieto de Don Teófilo Ojeda, y eso a ustedes puede que no le sugiera nada, pero las dos historias entrelazadas que vengo a contarles lo tienen como protagonista. Dos historias olvidadas que bien merecen ser conocidas. Don Teófilo había nacido en un caserío perdido cerca de Cerrito, en Paraguay. Desde muy chiquito trabajó como embarcado, limpiando barcos, calafateando canoas y haciendo changas para los armadores, dueños de los astilleros que, por esos tiempos, se dedicaban al transporte fluvial.

































