Así pues, Marcel distingue cabalmente lo que es un "misterio" de un "problema". Nuevamente en palabras del pensador francés en su obra capital dijo: "Un problema es algo en que encuentro, que aparece íntegramente ante mí, y que por lo mismo puedo asediar y reducir, mientras que el misterio es algo en que yo mismo estoy comprometido, y que por consecuencia solo puedo pensarme como una esfera donde la distinción de lo que está en mí y ante mí pierde su significado y su valor inicial. Mientras que un problema auténtico puede resolverse con una técnica apropiada en función de la que se define, un misterio trasciende por definición toda técnica concebible. Sin duda siempre es posible -lógica o psicológicamente- degradar un misterio para hacer de él un problema". Esto quiere decir, que la "oposición" misterio y problema se presentan en distintos planos, puesto que el primero pertenece a una esfera "trascendente" y, por ello, es meta-problemático en tanto que "me hallo implicado en él, comprometido", lo "reconozco" y me "aproximo" a él, para luego "reflexionar". Aquí, justamente hay que evitar la confusión en tanto que el misterio no es algo "incognoscible", pues este, en realidad, es el límite de lo problemático. El misterio, contrariamente, es un acto positivo del espíritu que se capta por los modos de experiencia en que se refleja y "que ilumina por esa misma reflexión" la realidad espiritual que, sin duda, está ligada al misterio. El problema, por el contrario, "se halla por entero ante mí", es decir que necesito de una "técnica" para reducirlo y someterlo por vía objetiva. Es una cuestión procedimental y principalmente impersonal para dominar una dificultad, y su elemento principal es la razón abstractiva que no cabe a la hora de abordar un misterio, pues el filósofo propuso otro modo de acercamiento para entender la revelación del "ser".