Por fin ingresará al dormitorio sin que nadie lo salude. No había lágrimas en sus ojos ni temblores en su voz. Se acercó a la ventana y miró a través de las cortinas a la multitud que rezaba en la plaza. Después dijo: “Miles de personas están rezando por usted. Rezan por Juan, el Papa bueno, el Papa de la gente”. Hablaba como si se estuviera dirigiendo a la historia. Luego se acercó a Juan y se sentó en una pequeña silla ubicada al costado de la cama, no lo tomó de la mano; tampoco sollozó, pero en sus palabras había un levísimo temblor: “Quiero que sepa que yo nací pobre y como usted moriré pobre. Y por ello, como usted creo conocer a los hombres. Nosotros sabemos que amarlos significa proteger a los débiles, a las almas indefensas, a todos aquellos que nos piden protección. Y es lo que hemos tratado de hacer durante dos mil años, con nuestra doctrina, nuestras reglas y nuestras severas condenas si es necesario. Hemos tenido diferencias Santidad, pero siempre buscando el bien de la Iglesia. Nuestras ideas nos han separado, no nuestra fe. Por eso le pido perdón por el sufrimiento que pude haberle causado con mi incomprensión. Quiero que sepa Santo Padre que siempre vi en cada uno de sus gestos, un gran amor por la humanidad. Usted es una señal de Dios y mi corazón hoy se halla para siempre junto al suyo”. (Fin)