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La ley de la calle

La ley de la calle La ley de la calle

Sábado 7.1.2023
 1:00hs
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Rogelio Alaniz
Por: 
Rogelio Alaniz

I

Por lo menos estuvieron media hora peleando. Piña va, piña viene. Mano a mano. Dos muchachos de algo más de veinte años que decidieron resolver sus diferencias a trompadas. Yo estaba con un grupo de diez o doce muchachos contemplando el espectáculo. Primera fila, platea gratis. Yo tenía entonces 15 o 16 años y no sé por qué motivo muchachones de más de veinte me aceptaban con ellos en las mesas del bar, en las mesas del club o en las mesas del baile. Lo que cuento ocurrió hace más de medio siglo. Fue en el pueblo donde yo estaba estudiando para recibirme de maestro: Santa Rosa de Río Primero se llama, está a unos treinta kilómetros de la ciudad de Río Primero que quienes viajamos de Santa Fe a Córdoba por la ruta 19 cruzamos en algún momento. La noche de la historia debe haber sido un sábado de junio o julio porque hacía frío y porque en la memoria registro que todos estábamos abrigados con sacos, bufandas o gabanes. Todos los sábados, en el club levantado frente a la plaza, había baile. Orquestas llegadas de Córdoba cuyo modelo de excelencia era el Cuarteto Leo y sus célebres pasos dobles que maravillaban a los cordobeses clientes de La Toscana y a las colonias gringas. Yo estaba en ese baile con estos amigos, todos mayores que yo, que, repito, tal vez porque era algo atrevido, algo inconsciente o algo descarado, me admitían en su mesa. Yo era en ese pueblo "el sobrino de la señorita", mi tía Ñata, hermana mayor de papá, directora del Hospital y mi tutora en el Colegio El Salvador de Santa Rosa donde, para no entrar en detalles, diré que no me destaqué por ser el mejor alumno de mi promoción.

II

Cuando se inicia la historia que voy a contarles, deben de haber sido la una de la mañana, no mucho más. La barra a la que yo adscribía ocupaba una o dos mesas; tomábamos ginebra con Coca. Todos estábamos más o menos entonados, pero no demasiado. La historia comenzó cuando uno de mis compañeros de mesa advirtió que a un costado de la pista había un muchacho de traje y corbata (todos entonces a los bailes íbamos de traje y corbata) que según él se "mandaba la parte". Después supe que era un muchacho de un pueblo vecino a Santa Rosa que en algún momento se fue a trabajar a Buenos Aires y había regresado, no sé si por unos días o para siempre. En realidad de ese muchacho no sé nada, ni siquiera su nombre, nunca más lo vi en mi vida, pero no olvido la expresión de su cara, la nariz ganchuda, los ojos oscuros y ese saco marrón abrochado que le quedaba chico. Mis amigos de la mesa estaban muy lejos de ser los más buenos del pueblo. Eran albañiles, changarines, empleados de almacén, peones golondrinas. Lo que ocurre es que en esos pueblos, por lo menos en aquellos años, cierta democracia social se practicaba de hecho, motivo por el cual muchachones del mundo del trabajo, criados en las orillas, podían asistir a los bailes del club de la plaza con la única exigencia de ir con traje y corbata. El jefe de la barra, de esa barra de pesos pesados en la que yo no contaba porque era peso pluma, era el Bayo, un rubio alto, de risa fácil, bueno para el billar y bueno para las piñas. Esa noche no fue la excepción. Lo vieron a este tipo que vamos a ponerle el nombre de Pedro, parado solo al costado de la pista y le empezaron a tirar primero un corcho, después una tapita de cerveza, después un bollo de papel. Pedro advirtió que era el objeto de los tiros al blanco y yo pensé que tratándose de una mesa de más de diez hombres se iba a hacer el distraído, pero no, para mi sorpresa se acercó a la mesa y lo encaró al Bayo: "A ver quién de ustedes es lo suficientemente hombre para que en lugar de tirarme porquerías se anime a tirarme una piña". El Bayo copó la parada, se paró y dijo que el asunto había que arreglarlo afuera, en la calle y a lo macho.

III

Salimos a la calle. Todos salimos a la calle. Pedro y el Bayo, uno al lado del otro, altos, fuertes, seguros. Yo iba detrás con los otros. Calladito, sin abrir la boca. Mis simpatías estaban con el Bayo, pero no dejaba de sorprenderme, y tal vez de admirarme, los cojones de ese tipo que nos encaró a todos y ahora salía a la calle decidido a pelear, sin vacilaciones, sin miedo, como corresponde a un hombre. Caminamos una cuadra, una cuadra y media, tratándonos de alejarnos de la seccional de policía levantada en la esquina. Detrás del club había un ancho callejón de tierra y una noche iluminada por la luna, un registro objetivo más que poético: una luminosa luna de invierno. Bayo y Pedro se sacaron el saco y las corbatas y empezaron la función. Nosotros, doce, quince espectadores, formamos algo parecido a un círculo alrededor de los boxeadores y mirábamos en silencio. Ninguno, a nadie de los que allí estábamos, es decir, de los que estábamos con el Bayo, se nos ocurrió meternos. Tampoco se nos ocurrió preguntarnos si se justificaba la pelea. Las cosas eran así y no se discutían. Si había que pelear se peleaba y punto; el motivo era lo de menos.

IV

Recuerdo las escenas de aquella noche con una nitidez que dice que solo posee la memoria de los viejos. Repito que entonces no tenía más de quince años y allí estaba contemplando en silencio como dos tipos de más de veinte se repartían piñas sin abrir la boca. El Bayo, tenía un ojo en compota; a Pedro, le salía sangre por la nariz, pero se siguieron fajando hasta que en algún momento el Bayo cayó al suelo, no sé si por una trompada o porque tropezó, en cualquiera de los casos Pedro esperó que se levantara, no se le fue encima, no lo pateó en el suelo, cumplió con los códigos del honor al pie de la letra: al tipo caído no se le patea la cabeza. Estos muchachos no eran estudiantes avanzados, no eran los chicos bien del pueblo, el más culto había terminado raspando sexto grado; eran tipos de abajo, de las orillas, trabajadores, algo atorrantes, amigos de las trifulcas y el trago. Sin embargo, algunas cosas parecían tener en claro: se pelea mano a mano y nadie se mete más allá del resultado; nadie pega de atrás, nadie patea en el suelo, nadie recurre a otra arma que no sean los puños. No eran rugbiers paseando en Villa Gesell, eran muchachos pobres, muy lejos de ser un modelo de chicos buenos, pero creían en algunas cosas acerca del honor y la hombría de bien. No voy a hacer una apología de la sabiduría o caballerosidad de los pobres y mucho menos generalizaciones abstractas; me limito a contar lo que viví esa noche.

V

La pelea terminó sin ganador decisivo. Creo que se cansaron de pegarse y en cierto momento los dos estaban cansados. Se sentaron en el suelo y empezaron a hablar, algo tensos, algo incómodos, pero curiosamente el tono era cordial. Se presentaron porque no se conocían y descubrieron que tenían amigos comunes, pero sobre todo, descubrieron que se respetaban, ese respeto que se ganan dos hombres después de sacudirse mano a mano sin contemplaciones. Pedro admitió que por el tiempo vivido en Buenos Aires no estaba en buen estado físico, pero con un mes en el campo te la sigo donde quieras. El Bayo simuló no oír esa frase, porque a su manera, en su estilo, estaba aprendiendo a considerar a ese hombre que nos encaró a todos y después salió a la calle, a la oscuridad, a la noche, a arreglar las cuentas a lo hombre, es decir, a piña limpia. Esos códigos eran tácitos, no estaban escritos en ninguna parte, pero estos muchachos casi analfabetos lo practicaban al pie de la letra. A estos muchachos les resultaba inconcebible aprovecharse del número para liquidar a patadas en el suelo a un rival. Pedro y el Bayo no terminaron esa noche como amigos, no fueron a tomar un vino juntos o algo por el estilo. Pedro se fue solo como había llegado, lamentándose de que se le había roto la camisa que le había prestado el hermano; el Bayo vino con nosotros y fuimos a un bar que se llamaba El Cairo a terminar la última copa de la noche, en el caso de él acompañado de una bolsita de hielo para deshincharse el ojo en compota. Esto que les cuento ocurrió en Santa Rosa de Río Primero en junio o julio de 1966. Está claro que los niños bien que en Villa Gesell asesinaron a patadas a un "negrito de mierda", estas lecciones no las conocen y si las hubieran conocido no les hubiesen importado. Otros códigos, otros hombres, otros tiempos.

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