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El ingeniero de la oscuridad

Una noche sin luna revela un encuentro inesperado que transforma la percepción del trabajo y el disfrute, marcando un antes y un después en la vida del narrador.

El ingeniero de la oscuridadEl ingeniero de la oscuridad

Sábado 6.6.2026
 17:07hs
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Rodrigo Agostini
Por: 
Rodrigo Agostini

"En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible"

Albert Camus

***

No sé si fue un recuerdo o un sueño. A veces pienso que fue una invención piadosa de mi propia conciencia, una escena construida con los restos de otras noches, de otros miedos, de otras soledades juveniles. Pero cada vez que intento descartarla, vuelve. Con una nitidez que no poseen los sueños y con una densidad emocional que tampoco tienen los recuerdos menores.

Era de noche. No una noche cualquiera, sino una de esas noches cerradas donde la oscuridad no es ausencia de luz sino presencia de algo más espeso. Tan oscuro estaba todo que incluso la luna parecía haberse retirado, como si el cielo hubiese decidido no participar de lo que estaba por ocurrir. Habrán sido las tres de la mañana.

Recuerdo el frío leve sobre la cara y ese cansancio joven que no era físico sino económico: el cansancio de calcular cada moneda, cada boleto, cada distancia. Venía de visitar a una amiga en Santo Tomé. Y como tantas veces, para ahorrar -o mejor dicho, porque no había dinero suficiente- pedí el boleto más corto: el del cruce del puente.

Ese pequeño truco juvenil de estirar el pasaje como un chicle viejo, con la esperanza de que me alcance para combinar con otro colectivo que me acercara al norte de la ciudad. Había algo casi heroico, aunque nadie lo viera, en esas pequeñas estrategias de supervivencia cotidiana.

Bajé del colectivo. El ruido del motor alejándose dejó un silencio abrupto, como cuando se apaga una máquina y recién entonces se escucha el mundo. Miré... y solo había oscuridad. No había gente. No había movimiento. No había perros ni autos ni luces lejanas. Solo la esquina, la vereda húmeda y el aire detenido. Entonces lo vi. O mejor dicho: lo sentí antes de verlo.

Un cuerpo echado junto a la esquina. Hasta ese momento había sido parte del paisaje inerte: un bulto más en la noche. Pero de pronto se movió. Levantó la cabeza... y me miró. No recuerdo haber sentido miedo antes de ese instante con esa intensidad exacta.

El corazón se me volvió piedra. La garganta, una pelota seca. El cuerpo, una estructura sin instrucciones. Solo atiné a decir lo primero que la mente encuentra cuando no encuentra nada:

- Qué oscuridad…

Él respondió con una calma imposible, como si la noche no le perteneciera al miedo sino a la costumbre:

- Buena noche… ¿no?

Asentí sin voz. Luego quise seguir caminando, pero había en su mirada algo que me detenía, no por amenaza sino por gravedad. Una mirada que no pedía nada y, sin embargo, obligaba a quedarse un segundo más. Me dijo que era ingeniero. No le creí. Me dijo que tenía familia. Tampoco le creí. Me dijo que estaba esperando que el cielo lo llevara. Eso ya no supe cómo procesarlo.

Había en su voz una serenidad que no coincidía con su cuerpo. Como si el cuerpo hubiese sido derrotado pero la conciencia permaneciera erguida, intacta, incluso luminosa en medio de la intemperie. Y entonces dijo la frase. No hubo preparación. No hubo introducción. La dijo como quien entrega algo que no puede seguir cargando:

- Si trabajás de joven, de grande disfrutarás… En cambio, si disfrutás de joven, de grande trabajarás.

Silencio. Nada más. La frase quedó flotando entre nosotros como un objeto físico, suspendido en el aire frío de la madrugada. En ese momento me sonó a juego de palabras. A esas simetrías ingeniosas que uno escucha y archiva sin demasiado análisis. Asentí por educación, quizás por nerviosismo, quizás por ganas de que el diálogo terminara y poder irme.

Me fui. No recuerdo si me despedí. No recuerdo si él volvió a acostarse. No recuerdo siquiera si estaba vivo o muerto cuando doblé la esquina. Pero recuerdo la frase. Y durante años la recordé sin entenderla. Era una campana que sonaba lejos, sin urgencia. Una frase que aparecía de vez en cuando, sin explicación, como un eco que todavía no encontraba pared donde rebotar.

La juventud tiene esa particularidad: uno escucha consejos como quien escucha el pronóstico del tiempo. Sabe que dicen algo importante, pero cree que siempre habrá margen para corregir después. Trabajé. No por virtud moral, sino por necesidad primero y por convicción después. Trabajé cuando otros descansaban. Trabajé cuando nadie miraba. Trabajé cuando el resultado todavía no existía.

Y con el tiempo, casi sin darme cuenta, empezó a suceder algo extraño: el disfrute dejó de ser urgente. Ya no necesitaba celebraciones constantes ni recompensas inmediatas. Había una calma distinta, más profunda, que provenía de saber que lo construido sostenía el presente. Y fue allí -no antes- donde la frase regresó con otra densidad. Comprendí que no hablaba de dinero. Hablaba de tiempo.

Trabajar de joven no era solo producir, sino sembrar. Construir hábitos, carácter, disciplina, mirada. Edificar una estructura invisible que algún día permitiría descansar sin culpa. Disfrutar de grande no era lujo, sino consecuencia. La frase también invertía otra ilusión juvenil: la de creer que el goce temprano es siempre ganancia. Que adelantar el placer no tiene costo.

Pero la vida funciona con leyes menos indulgentes. Lo que se posterga en esfuerzo suele reaparecer en obligación. Lo que se posterga en disciplina suele reaparecer en urgencia. A veces pienso que esa noche fue una clase sin aula. Una pedagogía de la intemperie. Una de esas enseñanzas que no se planifican y que, sin embargo, fundan más que muchas instituciones juntas.

Nunca supe su nombre. Nunca supe si realmente era ingeniero. Nunca supe si su familia existía o era un recuerdo que él mismo sostenía para no desaparecer del todo. Pero su frase quedó viviendo en mí como una brújula lenta. Hoy, cuando veo a alguien apurado por disfrutarlo todo antes de tiempo, recuerdo esa esquina. Esa oscuridad sin luna. Ese miedo inicial que luego se volvió escucha.

No sé si fue recuerdo o sueño. Pero sé que, desde aquella noche, el esfuerzo dejó de ser sacrificio para volverse siembra. Y el disfrute dejó de ser urgencia para convertirse en fruto. Algunas verdades no necesitan haber ocurrido exactamente para ser verdaderas. Basta con que nos cambien la manera de caminar después de ellas.

Y desde entonces -cada vez que el cansancio aparece, cada vez que la tentación de abandonar se insinúa- escucho nuevamente esa voz, serena en medio de la noche más oscura:

- Si trabajás de joven, de grande disfrutarás…

Entonces sigo. No por obligación. Sino porque entendí que, en esa ecuación sencilla pronunciada al borde de la nada, alguien me habló -sin saberlo- del futuro que yo mismo estaba construyendo.

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